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Marxismo y Teoría Revolucionaria: el pensamiento de la historia y la revolución comunista PDF Imprimir E-Mail
 

Escrito por Hommodolars, on 09-05-2010 16:55

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Publicado el : , Autonomía


De qué trata este escrito:

Desde los años 50 del siglo pasado la I.S. emprendió una muy original actualización de la obra de Marx, dando un salto por sobre décadas de hegemonía del “Marxismo” (con mayúsculas) mutA superar la divisió...ilado y emprobrecido formado en el molde de la II Internacional -y que se expresaba en distintas formas de socialdemocracia y leninismo-, para reencontrarse con el programa original de la revolución proletaria contra el sistema productor de mercancías, por la abolición del trabajo asalariado, las clases y el Estado, trazando líneas que, desde Marx, Fourier y Lautreamont, conectaban con la experiencia histórica de los Consejos Obreros y las vanguardias estéticas que se desarrollaron en paralelo (dadá, surrealismo, futurismo). Este texto nace de intentos previos que tenían por objetivo central exponer a grandes rasgos en qué consistió la aplicación situacionista de Marx, sus antecedentes (principalmente el “comunismo de izquierda” y Socialisme ou Barbarie), principales aportes (crítica de la separación, concepto de espectáculo, urbanismo unitario, psicogeografía, preparación del “segundo asalto proletario contra la sociedad de clases”), y las críticas posteriores más relevantes. Pero en el resultado final hemos decidido enfocarnos en lo que nos parece más importante para las luchas de hoy. En toda esta exposición el énfasis está puesto en el eje “ideología versus teoría”, en la necesidad de superar dicotomías que resultan falsas (teoría/práctica; anarquismo/marxismo, entre otras) y en la complejidad de los procesos de “recuperación” del pensamiento revolucionario, que se fosiliza deviniendo ideología para así terminar siempre poniendo sus armas al servicio de la izquierda del capital. Así, mientras no se interrumpa el dominio del capital y el estado en todos los frentes, no nos debe extrañar que la teoría crítica revolucionaria de Marx se encorsete en la ideología del “marxismo” y, un siglo después, a los aportes situacionistas den paso a una moda/obsesión por el “situacionismo”.



“Hay que interpretar la célebre máxima: ‘sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria’, del modo más amplio posible, y darle su verdadero significado. Lo que distingue al movimiento proletario de todos los movimientos políticos anteriores, por importantes que éstos hayan sido, es que es el primero claramente consciente de sus objetivos y de sus medios. En ese sentido, no sólo es para él la elaboración teórica uno de los aspectos de la actividad revolucionaria: es inseparable de esa actividad. La elaboración teórica ni precede ni sigue a la acción revolucionaria práctica: las dos son simultáneas, y se condicionan mutuamente (…). La teoría revolucionaria sólo puede conservar su validez si se desarrolla constantemente, si se enriquece incorporándose todas las conquistas del pensamiento científico y del pensamiento humano en general, y en particular sabe asimilar la experiencia del movimiento revolucionario, si se somete, cuantas veces sea necesario, a todas las modificaciones y revoluciones internas que la realidad le imponga. La máxima clásica sólo tiene por lo tanto sentido si se interpreta así: ‘sin desarrollo de la teoría revolucionaria, no hay desarrollo de la acción revolucionaria’” (Presentación de la revista Socialisme ou Barbarie, 1949).



Movimiento anárquico por el socialismo y la autogestión-redes por la autonomía proletaria-

1- Marx y la i.s.: la teoría revolucionaria como crítica radical de la ideología

2- El concepto de espectáculo

3- Comunismo, proletariado y crítica de la separación

Bajar aki el Texto

 

I.- MARX Y LA I.S.: LA TEORÍA REVOLUCIONARIA COMO CRÍTICA RADICAL DE LA IDEOLOGÍA

 

“Es preciso recordar que el sentido de esta doctrina se infiere ante todo de la posición que la misma asume y ocupa enfrente de aquellas contra las cuales efectivamente se levantó, y especialmente contra todas las ideologías”. (Antonio Labriola, Del materialismo histórico, 1899).

 

 

En la historia del marxismo una de las evoluciones más curiosas es la que ha tenido el concepto de ideología: puramente negativo en Marx (que jamás habló, por ejemplo, de una “ideología proletaria”), tras la fundación del “marxismo” por la II Internacional sufre un progresivo desplazamiento hacia acepciones más ambiguas o neutras para llegar, finalmente, a un uso positivo del concepto (muy visiblemente en Lenin y en Gramsci). Con el leninismo y el estalinismo, el propio marxismo pasa a ser considerado como una ideología. En ese punto, entonces, la inversión es completa y podemos suponer que le habría resultado incomprensible a Marx.

 

Hoy en día, después del pantano “post” que reinó por casi dos décadas en el medio académico, Marx vuelve a ser aceptable. Se habla bastante de teoría de la ideología, y del desarrollo del concepto en el tiempo: es muy conocida la selección de textos sobre ideología que hizo Zizek, y en Chile ya se han editado dos de cuatro volúmenes de Jorge Larraín sobre el tema[1]. En estos debates no se habla mucho del aporte situacionista al tema, pese a que en su momento fue casi la única corriente que defendía el retorno a una crítica despiadada de todas las ideologías, partiendo por la crítica de la recuperación reformista y/o burocrática del pensamiento comunista y subversivo de Marx, transformado en “ideología oficial del movimiento obrero”.

 

Esta diferencia con el “marxismo realmente existente” en ese momento y durante la mayor parte del siglo XX fue destacada por la propia I.S. al señalar que quienes han leído a Marx saben que su método es una crítica implacable de todas las ideologías, pero en cambio, quienes se han conformado con leer a Stalin, “proclaman al marxismo como la mejor de las ideologías”.

 

La formulación más detallada de las consecuencias prácticas de esta diferenciación se formula en la tesis N° 124 de La Sociedad del Espectáculo, que cierra uno de los capítulos más importantes de ese libro (publicado en 1967), “El proletariado como sujeto y como representación”:

 

“La teoría revolucionaria es ahora enemiga de toda ideología revolucionaria. Y sabe que lo es”.

 

Así que para la I.S. la cuestión era bastante clara: al igual que Marx, concebían que la primera obligación de una teoría revolucionaria (o teoría crítica radical, denominación que a veces usan como sinónimo), era la demolición crítica de todas las ideologías[2].  En el momento en que a ellos les tocó intervenir (1957 a 1972) esa labor consistía sobre todo en un ataque radical contra la ideologización del propio pensamiento de Marx, verificada desde los primeros tiempos de la II Internacional y sobre cuya base se constituían casi todas las variedades de marxismo existentes[3].

 

Otras corrientes de la época asumían un programa similar, pero en nombre del “verdadero” marxismo (ortodoxo, revolucionario, o auténtico) en lucha contra sus deformaciones. La originalidad de la posición situacionista radica en que llega a considerar que el marxismo en sí mismo es la deformación ideologizada de la teoría revolucionaria proletaria desarrollada por Marx.

 

Si bien la influencia de Marx en la I.S. es fuerte, directa y permanente (y nunca se cansaron de publicar recomendaciones como la siguiente:

 

“IMBÉCILES: PODÉIS DEJAR DE SERLO ¡LEED A MARX!),

 

su relación con el “marxismo” es más compleja, y pasa de un primer momento en que podríamos decir que se reivindica un “marxismo revolucionario”[4] a una posición mucho más crítica del marxismo propiamente tal (considerado como una deformación de Marx).

 

Al respecto, resulta muy elocuente el hecho de que al responder un cuestionario publicado en el número 9 de la revista Internationale Situationniste, la pregunta sobre si los situacionistas son marxistas es respondida de la siguiente forma:

 

“Tanto como Marx cuando dice: ‘yo no soy marxista’”[5].

 

Decíamos que el lugar donde más ordenada y sistemáticamente se expone la posición situacionista en relación al marxismo es en el ya mencionado texto de Debord sobre “El proletariado como sujeto y como representación”, que es el capítulo más largo de La sociedad del espectáculo. En él, Debord realiza una especie de “balance” de las luchas de clases del movimiento obrero clásico. El lugar de Marx en esta historia es analizado cuidadosamente. En su generación, tal como muestran también los casos de Bakunin y Stirner, entre otros, en los inicios del desarrollo de este “pensamiento de la historia”, la teoría comunista bebió de la fuente filosófica de Hegel, en el momento en que casi por fuerza se llegaba a una confrontación crítica con ese oscuro maestro, pensador (y justificador) de las revoluciones burguesas del siglo XVII y XVIII (procesos en que lucharon juntos, la burguesía progresista y los trabajadores, en contra del Antiguo Régimen, con resultados desconcertantes, y de cuyos “momentos de verdad” el proletariado es –ahora- el único heredero legítimo). Una de las pocas citas reconocidas en el libro de Debord (pues en la IS se defendía la creación colectiva y el uso libre de las fuentes literarias) es la siguiente: “Del mismo modo como filosofía de la revolución burguesa no expresa todo el proceso de esta revolución, sino solamente su concusión última. En este sentido, ésta no es una filosofía de la revolución, sino de la restauración (Karl Korsch, Tesis sobre Hegel y la revolución”).

 

Según Debord (en este aspecto, bastante hegeliano y lukacsiano en su “marxismo”), “el carácter inseparable de la teoría de Marx y del método hegeliano es a su vez inseparable del carácter revolucionario de esta teoría, es decir, de su verdad”. Esta primera relación es precisamente la que “ha sido generalmente ignorada o mal comprendida, o incluso denunciada como el punto débil de lo que devenía engañosamente en una doctrina marxista” (Tesis 79).

 

“El aspecto determinista-científico en el pensamiento de Marx fue precisamente la brecha por la cual penetró el proceso de ‘ideologización’, todavía vivo él, y en mayor medida en la herencia teórica legada al movimiento obrero. La llegada del sujeto de la historia es retrasada todavía para más tarde, y es la ciencia histórica por excelencia, la economía, quien tiende cada vez en mayor medida a garantizar la necesidad de su propia negación futura. Pero con ello se rechaza fuera del campo de la visión teórica la práctica revolucionaria que es la única verdad de esta negación (…)“Toda su vida Marx ha mantenido el punto de vista unitario de su teoría, pero la exposición de su teoría fue planteada sobre el terreno del pensamiento dominante precisándose bajo la forma de críticas de disciplinas particulares, principalmente la crítica a la ciencia fundamental de la sociedad burguesa, la economía política. Esta mutilación, ulteriormente aceptada como definitiva, es la que ha constituido el ‘marxismo’”.  (Tesis 84. El subrayado es mío).

 

Al igual que los camaradas de Socialisme ou Barbarie hacia 1965, Debord y la IS ven que la degeneración del marxismo se produce mediante un proceso de ideologización, donde el componente revolucionario queda totalmente aplastado bajo el aspecto positivista-científico de esta teoría. Este  talón de Aquiles “cientificista” por donde penetró la ideología era tal vez inevitable si se toma en cuenta el contexto, la cosmovisión productivista que dominaba toda esa época: “el defecto de la teoría de Marx es naturalmente el defecto de la lucha revolucionaria del proletariado de su época”. 

 

Pero si bien hay una conexión estrecha entre Marx y el pensamiento científico de su época, el pensamiento de Marx se situa “más allá” de la ciencia: no sólo comprensión racional de las fuerzas que operan en el mundo, sino su transformación activa, inacabada. Su proyecto, el de una historia consciente, requiere “una comprensión de la lucha, y en modo alguno de la ley” (Tesis 81).

 

Por esto, en la teoría marxiana, tanto la toma de partido por el proletariado (“la clase revolucionaria misma”), como el punto de vista de la totalidad constituyeron - también desde el comienzo- el antídoto vital contra las tendencias a la mecanización, fragmentación y positivización, que en la constitución del marxismo oficial resultaron vencedoras.

 

En esta lectura, el propio Marx difícilmente podría ser considerado como “fundador” del “marxismo”, o de una “doctrina marxista”, y en caso de serlo, lo sería más bien en contra de su propia voluntad[6], y dejándonos algunos ejemplos –y advertencias- en vez de reglas. Si es cierto que la mejor discípula de Marx hasta ahora fue Rosa Luxemburgo, podemos apreciar que efectivamente, en ella el aspecto “político” y el “metodológico” son inseparables, y definen en cierta forma lo que tiene el “marxismo” -o como sea que queramos llamar a aquella teoría proletaria, autónoma, unitaria, y orientada a la práctica-, de único y valioso, su aporte teórico y práctico como tradición emancipatoria. Lukács lo dice muy claro cuando se refiere en enero de 1921 al marxismo de Rosa:

 

“No es la preponderancia de los motivos económicos en la explicación de la historia lo que distingue de manera decisiva al marxismo de la ciencia burguesa, sino el punto de vista de la totalidad”. “El punto de vista de la totalidad no determina solamente al objeto, también determina al sujeto del conocimiento. La ciencia burguesa –de manera consciente o inconsciente, ingenua o sublimada- considera siempre los fenómenos sociales desde el punto de vista del individuo. Y el punto de vista del individuo no puede llevar a ninguna totalidad; todo lo más puede llevar a aspectos de un dominio parcial, las más de las veces a algo solamente fragmentario: a ‘hechos’ sin vinculación recíproca o a leyes parciales abstractas”. Según Lukács, al comentar “La acumulación del capital” –la obra principal de Rosa Luxemburgo-, no es casual, como dice ella, que la trivialización del marxismo se expresara en Bernstein en un sentido científico burgués, como tampoco es por azar que éste acusara a Marx de “blanquista”: “No es un azar, porque desde el momento en que se abandona el punto de vista de la totalidad, punto de partida y término, condición y exigencia del método dialéctico, desde el instante en que la revolución ya no se considera como momento del proceso, sino como acto aislado, separado de la evolución de conjunto, lo que hay de revolucionario en Marx tiene que aparecer necesariamente como una recaída en el período primitivo del movimiento obrero, en el blanquismo. Y al derrumbarse el principio de la revolución, como consecuencia de la dominación categorial de la totalidad, todo el sistema del marxismo se derrumba” (Lukács, Rosa Luxemburgo, marxista, en Historia y Consciencia de Clase).

 

Por su parte, Rosa Luxemburgo reconocía en un escrito de 1903, con ocasión de los veinte años de la muerte de Marx, que después de Marx y Engels el marxismo se había desarrollado muy poco, y que su legado había ejercido “una influencia un tanto restrictiva sobre el libre desarrollo teórico de muchos de sus discípulos”. Según ella, comentando un texto de Grun en el que se hacía una comparación entre los discípulos de dos maestros del llamado “socialismo utópico”, Saint-Simon y Fourier, el hecho de que los primeros hubieran hecho aportes muy creativos e interesantes, mientras los segundos se hubieran limitado a repetir como loros las palabras del maestro, se explicaba efectivamente según lo que Grun señalaba: “Fourier entregó al mundo un sistema, acabado, en todos sus detalles, mientras Saint-Simon entregó a sus discípulos un saco lleno de grandes ideas”, y “no cabe duda de que un sistema de ideas esbozado en sus rasgos más generales resulta mucho más estimulante que una estructura acabada y simétrica que no deja nada que agregar ni ofrece terreno para los esfuerzos independientes de una mente creativa”. De ahí que pueda trazarse una clara distinción entre quienes han tratado de mantenerse “dentro de los límites del marxismo” y quienes, por el contrario, o rechazan ese “ismo”, o conciben al “marxismo” como algo abierto, creativo.  

 

La distinción tajante entre Marx y el marxismo es defendida con fuerza por Maximilien Rubel, quien se viera obligado a fundar la “marxología” para poder disipar el enorme cúmulo de mistificaciones construidas en torno a Marx por parte de los autodenominados “marxistas”[7]. En un texto de 1972 titulado “La leyenda de Marx o Engels fundador”, señala que el vocablo “marxismo”, “degradado hasta el punto de no ser más que un eslogan mistificador, lleva desde su origen el estigma del oscurantismo”:

 

“Marx se esforzó realmente en deshacerse de él cuando, en los últimos años de su vida, una vez su reputación había roto el muro de silencio que rodeaba su obra, hizo esta perentoria declaración: ‘Todo lo que sé, es que yo no soy marxista’”.

 

En la nota al pie luego de dicha cita, Rubel nos resume la evidencia histórica de la posición de Marx:

 

“Engels precisa que esta declaración la hizo Marx a propósito del “marxismo” que prevalecía hacia 1879-1880 “entre algunos franceses”, pero que este vituperio se aplicaba igualmente a un grupo de intelectuales y de estudiantes en el seno del Partido alemán; ellos y toda la prensa de “oposición” pregonaban un “marxismo compulsivamente desfigurado” (Carta de Engels a la redacción de Sozialdemokrat 7 de septiembre de 1890). La “humorada” -¡cuán llena de presentimiento!- de Marx fue referida por Engels cada vez que se presentaba la ocasión: ver sus cartas a Bernstein (3, nov. 1882), a C. Schmidt (15, agosto 1890), a Paul Lafargue (27, agosto 1890). El revolucionario ruso G.A. Lopatine tuvo un encuentro con Engels en septiembre de 1883 para hablar sobre las perspectivas revolucionarias en Rusia. El informe que dirigió a un miembro de la Narodnaia Volia contiene el siguiente pasaje: “Un día os dije, os acordaréis, que Marx nunca fue marxista. Engels cuenta que durante la lucha de Brousse, Malon & C., Marx había dicho un día, riendo: “Sólo os puedo decir una cosa y es que yo no soy marxista” (Marx-Engels, Werke, XXI, 1962, p.489). Sin embargo, no fue con este tono de broma como Marx, durante un viaje a Francia, comunicó a su amigo su impresión sobre las disputas socialistas en los congresos simultáneos de Siant-Ettiene y de Roanne, en el otoño de 1882. “Los ‘marxistas’ y los ‘anti-marxistas’, escribía, estas dos especies, han hecho lo posible para estropearme mi estancia en Francia”.”

 

Además de ese interesante anecdotario (que admite diversas interpretaciones y conclusiones), el argumento central  de fondo de Maximilien Rubel en su libro Marx sin mito es que mal podría justificarse cualquier pretensión de dar un orden definitivo y convertir en una “doctrina” acabada y autosuficiente una obra que, de acuerdo al detallado diseño de investigación para toda una vida que Marx se trazó ya en 1857, consistía en 6 partes, de las cuales sólo alcanzó a desarrollar parcialmente una.

 

En efecto, en su famoso Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, fechado en enero de 1859, Marx señalaba la “secuencia” en que consideraría el sistema de la economía burguesa: “el capital, la propiedad de la tierra, el trabajo asalariado; el estado, el comercio exterior, el mercado mundial”. En esa ocasión, entregó los dos primeros capítulos de la primera sección dedicada al capital (la mercancía; el dinero o la circulación simple), dejando para después el tercero (el capital en general).

 

Marx concebía esa obra, su proyecto, como un “todo artístico”, en una unidad dialéctica. Las tres primeras partes correspondían a las 3 grandes clases sociales históricas: capitalistas, terratenientes y proletarios. En cuanto a los otros tres rubros, en el Prólogo Marx decía que su relación “salta a la vista”. En los Grundrisse se explica esta parte del proyecto como dedicada al análisis de la “síntesis de la sociedad burguesa bajo la forma Estado” considerada en su relación consigo misma, a las “relaciones internacionales de la producción” y la división internacional del trabajo, al mercado mundial y la crisis, donde “la producción está puesta como totalidad al igual que cada uno de sus momentos, pero en la que al mismo tiempo todas las contradicciones se ven en proceso”. El mercado mundial es al mismo tiempo el supuesto y el soporte del conjunto: “la producción capitalista se basa en el valor o en el desarrollo del trabajo contenido en el producto como (trabajo) social. Pero esto sólo es posible a base del comercio exterior y del mercado mundial. Esto es, por consiguiente, tanto supuesto como resultado de la producción capitalista” (Marx, Grundrisse I, citado por Dussel, 1990, p.18). 

 

El carácter inconcluso de la investigación (pues tras varios intentos de redacción que le tomaron varias décadas Marx alcanzó en vida a publicar tan sólo el libro 1 de la primera parte de su proyecto: los libros dos y tres fueron editados por Engels, quien tuvo que seleccionar, enmendar e intervenir no poco sobre un contenido que Marx dejó en estado de borrador)[8] ha determinado que el llamado “marxismo” sólo pueda ser entendido correctamente si se asume como un conjunto de temas a explorar y un método que debe ser desarrollado creativamente -además de cómo toma de posición a favor del proletariado autoconsciente y el comunismo-[9]. Entendido de cualquier otra forma, y sobre todo como “ideología”, los resultados son nefastos. 

 

Además del carácter inacabado del cuerpo de la obra de Marx (que impone a sus sucesores la labor de prolongar creativamente una tarea, en condiciones que van cambiando: nada más alejado de eso que la labor de disección y embalsamamiento emprendida por los epígonos desde fines del siglo XIX), ciertas mutilaciones involuntarias han estado a la base del “marxismo” oficial: sabemos que este marxismo se conformó por teóricos y profesionales que no tuvieron a su disposición varias obras fundamentales de Marx que permanecieron inéditas por mucho tiempo. El desconocimiento de “La ideología alemana”, por ejemplo, debe haber sido uno de los factores determinantes de que la concepción marxiana negativa de la ideología se perdiera e invirtiera en el marxismo acuñado en los laboratorios de la II y la III internacionales.

 

Pero dejemos de lado por ahora la cuestión de si en oposición a los “marxistas” despreciados por Marx tendría sentido defender la existencia –ya en vida de su “fundador”- de un marxismo “verdadero”, “puro” o “auténtico” (que es lo que cree la mayoría de los marxistas hasta el día de hoy). Más importante que eso es analizar cómo se formó el “marxismo” socialdemócrata de los tiempos de la II Internacional, cuales son sus principales características y su relación con la teoría crítica de Marx. En este análisis, acudiremos a otra de las corrientes que en los años 60 se ocuparon de elaborar una teoría revolucionaria en las nuevas condiciones de desarrollo capitalista esos años: el obrerismo italiano.

 

Mario Tronti plantea una versión bastante diferente a la situacionista/debordiana (dado que sigue reivindicando un marxismo “auténtico”, con una fuerte influencia leninista), pero tiene algunos importantes puntos de contacto. Para él, uno de los problemas más serios de la época es el lastre del “marxismo vulgar”, producido por la práctica reformista del “movimiento obrero”.

 

En el texto “Marx, ayer y hoy” (publicado en 1962 en el primer número de la revista Mundo Nuevo), sostiene que la lucha de clases se expresa también en un conflicto entre “teoría obrera” e “ideologías burguesas”. Para él, “una ideología es siempre burguesa: porque es un reflejo mistificado de la lucha de clases sobre el terreno del capitalismo”.

 

Por eso, “si la ideología en general es burguesa”, una ideología de la clase obrera “es siempre reformista”, y los que entienden al “marxismo” como la “ideología del movimiento obrero” cometen un grave error de fondo, pues:

 

“Marx no es la ideología del movimiento obrero: es su teoría revolucionaria. Teoría que ha nacido como crítica de las ideologías burguesas y que debe vivir cotidianamente de esta crítica: debe continuar siendo la ‘crítica despiadada de todo lo que existe’”.

 

Para Tronti, esta “ideología obrera” (necesariamente reformista) expresa el hecho de que “el movimiento obrero ha llegado a ser él mismo (…) parte, articulación pasiva del desarrollo capitalista”. El “marxismo vulgar” (como vulgärökonomie) tiene como presupuesto y como resultado a la “política vulgar” del movimiento obrero reformista. De ahí que una parte esencial de la actividad comunista consista en “desmitificar/desideologizar marxianamente el marxismo”. Se trata de una crítica que es “interna” al movimiento obrero, pero que “debe expresarse siempre como lucha externa contra el enemigo de clase”.

 

Por lo tanto, para Tronti, “la crítica al marxismo debe expresarse ante todo como la lucha contra el pensamiento burgués” (y, agregamos, contra todos los elementos que ya en la época de formación del marxismo y el anarquismo, las dos teorías secretadas por el movimiento obrero clásico, no podían sino colarse más o menos disimuladamente: evolucionismo, sentido lineal del progreso histórico, culto de la tecnología y las fuerzas productivas, etc.).

 

Si bien la denominación de “marxismo vulgar” es algo equívoca (pues tiende a dar la impresión de una pugna entre un marxismo “sofisticado” academicista y un marxismo “bruto”, poco refinado o “historicista” -secretado por la espontaneidad de las masas en la lucha directa-, siendo que en realidad ha sido sobre todo el gremio de los profesores socialdemócratas el responsable del “marxismo vulgar”), lo que señala Tronti tiene efectivamente puntos en común con lo que Debord escribió en 1967: 

 

“El "marxismo ortodoxo" de la II Internacional es la ideología científica de la revolución socialista que identifica toda su verdad con el proceso objetivo en la economía y con el progreso de un reconocimiento de esta necesidad en la clase obrera educada por la organización. Esta ideología reencuentra la confianza en la demostración pedagógica que había caracterizado el socialismo utópico, pero ajustada a una referencia contemplativa hacia el curso de la historia: sin embargo, tal actitud ha perdido la dimensión hegeliana de una historia total tanto como la imagen inmóvil de la totalidad presente en la crítica utopista (al más alto grado, en el caso de Fourier). De semejante actitud científica, que no podía menos que relanzar en simetría las elecciones éticas, proceden las frivolidades de Hilferding cuando precisa que reconocer la necesidad del socialismo no aporta "ninguna indicación sobre la actitud práctica a adoptar. Pues una cosa es reconocer una necesidad y otra ponerse al servicio de esta necesidad" (Capital financiero). Los que han ignorado que el pensamiento unitario de la historia, para Marx y para el proletariado revolucionario no se distinguía en nada de una actitud práctica a adoptar debían ser normalmente víctimas de la práctica que simultáneamente habían adoptado” (Debord, 1967, Tesis 95).

 

Contra esa lectura predominante del marxismo efectuada por la socialdemocracia se entiende la insistencia de Lukács en Historia y consciencia de clase en un marxismo definido no por la validez de tal o cual dogma, sino que por el método dialéctico y revolucionario que establece “entre la consciencia y la realidad” una relación que hace posible la “unidad entre la teoría y la praxis”. En el mismo sentido cabría valorar la definición de Karl Korsch y el movimiento de los consejos obreros alemanes a favor de un “socialismo práctico”. Lo interesante, en Lukàcs, es que en la defensa del “marxismo revolucionario” contra el marxismo de la socialdemocracia, necesite re-definirlo como “ortodoxo”. Por su parte, cuando Korsch explicaba en los años 30 por qué era marxista, decía que no existe algo así como un “marxismo en general”: “En lugar de discutir el marxismo en general, yo propongo tratar a la vez algunos de los puntos más efectivos de la teoría y práctica marxistas. Sólo ese enfoque se adecua al principio del pensamiento marxiano. Para el marxista, no hay tal cosa como un “marxismo” en general, más de lo que hay una “democracia” en general, una “dictadura” en general o un “Estado” en general” (Korsch, 1935)[10].

 

La pasividad objetivista y evolucionista de la teoría socialdemócrata repercutía también en la concepción de la acción política, con su convicción de que intelectuales externos a la clase obrera debían dedicarse a “educarla”:

 

“La ideología de la organización social-demócrata se ponía en manos de los profesores que educaban a la clase obrera, y la forma de organización adoptada era la forma adecuada a este aprendizaje pasivo. La participación de los socialistas de la II Internacional en las luchas políticas y económicas era efectivamente concreta, pero profundamente no-crítica. Estaba dirigida, en nombre de la ilusión revolucionaria, según una práctica manifiestamente reformista. Así la ideología revolucionaria debía ser destruida por el éxito mismo de quienes la sostenían. La separación de los diputados y los periodistas en el movimiento arrastraba hacia el modo de vida burgués a los que ya habían sido reclutados de entre los intelectuales burgueses. La burocracia sindical constituía en agentes comerciales de la fuerza de trabajo, para venderla como mercancía a su justo precio, a aquellos mismos que eran reclutados a partir de las luchas de los obreros industriales y escogidos entre ellos. Para que la actividad de todos ellos conservara algo de revolucionaria hubiera hecho falta que el capitalismo se encontrara oportunamente incapaz de soportar económicamente este reformismo cuya agitación legalista toleraba políticamente. Su ciencia garantizaba tal incompatibilidad; y la historia la desmentía en todo momento” (Debord, 1967, Tesis 96). 

 

Pero, ¿qué era históricamente la “socialdemocracia”? El propio Marx se encargó de definirla como un “compromiso histórico” entre el proletariado y la pequeña burguesía, concretado a mediados del siglo XIX:

 

“A las reivindicaciones sociales del proletariado se les limó la punta revolucionaria y se les dio un giro democrático; a las exigencias democráticas de la pequeña burguesía se les despojó de la forma meramente política y se afiló su punta socialista. Así nació la socialdemocracia (Sozial-Demokratie)” (Marx, “El dieciocho brumario de Luis Bonaparte”, citado por Tronti, 2001).

 

Frente a tal origen, no es de extrañar el grado de profundización del carácter pequeño burgués (y antiproletario) de la teoría y práctica socialdemócrata en las primeras décadas del siglo XX. A modo de ejemplo, baste considerar la “evolución” sufrida por la siguiente frase de Marx: “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista se sitúa el período de transformación revolucionaria de la una en la otra. A él corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado”. En 1922, a la luz de la experiencia histórica reciente, Kautsky juzga necesario introducirle modificaciones hasta convertirla en esto: “Entre la época del Estado democrático gobernado de un modo puramente burgués y el gobernado de un modo puramente proletario, hay un período de transformación del uno en otro. A él corresponde también un período político de transición, cuyo gobierno será de hecho una forma de gobierno de coalición” (citado por Korsch, 1923).

 

Ese “marxismo” oficial -cerrado, simplificado y resumido por un gremio de profesores, llamados a educar a la clase-, contiene varios “regalos envenenados” (progresismo, evolucionismo, cientificismo, culto al Estado y al Trabajo) que fueron identificados con singular precisión por un “materialista histórico” tan atípico y destacado como Walter Benjamin en sus Tesis sobre el concepto de historia:

 

“El sujeto del conocimiento histórico es la misma clase oprimida que lucha. En Marx aparece como la última (clase) esclavizada, como la clase vengadora, que lleva a su fin la obra de la liberación en nombre de las generaciones de los derrotados. Esta consciencia, que por breve tiempo tuvo otra vez vigencia en el “Espartaco”, fue desde siempre chocante para la socialdemocracia. En el curso de tres décadas ésta casi consiguió borrar el nombre de un Blanqui, cuyo timbre de bronce sacudió al siglo pasado. Se complació en asignarle a la clase trabajadora el papel de redentora de generaciones futuras. Y así le cercenó el nervio de su mejor fuerza. La clase desaprendió en esta escuela lo mismo el odio que la voluntad de sacrificio. Pues ambos se nutren de la imagen de los antepasados esclavizados, y no del ideal de los nietos liberados” (Tesis 12).

“La teoría socialdemócrata, y más aún su práctica, estaba determinada por un concepto del progreso que no se atenía a la realidad, sino que poseía una pretensión dogmática. El progreso, tal como se retrataba en las cabezas de los socialdemócratas, era primeramente un progreso de la humanidad misma (no sólo de sus destrezas y conocimientos). En segundo lugar, era un (progreso) sin término (correspondiente a una infinita perfectibilidad de la humanidad). En tercer lugar, se lo tenía por incesante (como uno que recorriese espontáneamente un curso recto o en forma espiral). Cada uno de estos predicados es controvertible, y en cada uno de ellos podría iniciar (su labor) la crítica. Pero ésta, si (se trata de una lucha) a brazo partido, tiene que ir detrás de todos estos predicados y dirigirse a algo que les es común a todos. La representación de un progreso del género humano en la historia no puede ser disociada de la representación de su marcha recorriendo un tiempo homogéneo y vacío. La crítica a la representación de esta marcha tiene que constituir la base de la crítica a la representación del progreso en absoluto”
(Tesis 13)[11].

 

El “marxismo” de Benjamin constituye un fuerte antídoto contra el evolucionismo progresista que era hegemónico en la época de Marx y que se encuentra en el núcleo del marxismo oficial en sus dos principales versiones. Además, su reivindicación de “herejes” como Blanqui y Fourier anticipa en cierta forma la teoría revolucionaria  que los situacionistas intentarían resucitar unas décadas después. Por esto es que es necesario rescatar a Benjamin del pantano academicista y situarlo como uno de los mayores pensadores revolucionarios del siglo XX, y casi el único “marxista” que en su momento se dedicó a criticar inclusive el sentido del tiempo propio del sistema de producción de mercancías, con profundas implicancias para el concepto de revolución (en lo que se atreve a corregir a Marx: la revolución no es la locomotora de la historia, sino el momento en que los pasajeros superan el pánico y logran accionar el freno de emergencia).

 

Hasta aquí, la mayoría de las corrientes marxistas que se definen como antidogmáticas y revolucionarias podría coincidir en la crítica del marxismo diseñado por la socialdemocracia (hijo del progreso, fiel expresión del punto de vista de las fuerzas productivas del capitalismo, con la mirada puesta en el futuro radiante), pero hacen un corte entre esa tradición y el comunismo leninista, al menos el de la primera época, al que le atribuyen el mérito de haber actualizado y restituido la auténtica tradición marxista revolucionaria.

 

Pero si a principios de los años 20 Korsch escribía que la historia del “marxismo” podía ser entendida en 3 grandes fases:

 

1.- los trabajos creativos de Marx y Engels;

2.- la degeneración del marxismo en la II Internacional;

3.- la restauración del marxismo genuino por Lenin y Luxemburgo[12],

 

la conformación del “marxismo-leninismo” debería ser vista como una cuarta fase: la segunda gran degeneración del “marxismo”, que consiste en una nueva “ideologización”, la configuración de una nueva ortodoxia[13].

 

En efecto, el grueso de los defectos o regalos envenenados presentes en  la primera gran deformación (los que tan bien describió Benjamin en las citadas tesis 12 y 13) fueron traspasados casi íntegramente y sin mayor modificación a la segunda, pues el marxismo leninista, incluyendo todas sus principales variedades (trotskismo, estalinismo, maoísmo, castro-guevarismo), se constituyó históricamente como una derivación radicalizada de la socialdemocracia de izquierda. Pese a las intensas discusiones que se dieron sobre imperialismo y teoría de la crisis, en este proceso de diferenciación el elemento central y definitorio se daba en el plano de las discrepancias en la acción política: así, el grueso de la teoría socialdemócrata, su marxismo evolucionista, lineal y objetivista, propio de profesores e ideólogos, se preservó casi en bloque[14].

 

Debord lo expresó bastante claro en el capítulo sobre el proletariado: “Lenin no ha sido, como pensador marxista, sino el kautskista fiel y consecuente que aplicaba la ideología revolucionaria de este "marxismo ortodoxo" en las condiciones rusas, condiciones que no permitían la práctica reformista que la II Internacional llevaba consigo en contrapartida” (Fragmento de la Tesis 98). Luego de la toma del poder por el partido de “revolucionarios profesionales”, la ideología pasa a cumplir nuevas funciones en la administración del capitalismo de Estado: “La ideología revolucionaria, la coherencia de lo separado de la que el leninismo constituye el más alto esfuerzo voluntarista, que detenta la gestión de una realidad que la rechaza, con el stalinismo reencontrará su verdad en la incoherencia. En este momento la ideología ya no es un arma, sino un fin. La mentira que ya no es contradicha se convierte en locura” (Fragmento de la Tesis 105).

 

Siguiendo el esquema de Korsch, habría que señalar que en el paso de la fase 1 a la 2 de las señaladas arriba radica en gran parte la diferencia de interpretaciones entre las posiciones aludidas en este artículo. Mientras Debord y Rubel hacen un corte entre Marx y el marxismo, en virtud del cual el marxismo en sí mismo es considerado una deformación del pensamiento y acción de Marx, Korsch, al denominar la segunda etapa como de “degeneración del marxismo”, está aceptando que ya hay un marxismo auténtico en los “trabajos creativos de Marx y Engels”[15]. La posición de Korsch (al menos en esta etapa de su obra), coincide con la de Lukàcs y Tronti (leninistas declarados, a diferencia de Debord y Rubel). Obviamente, según si se concibe al marxismo de la primera o segunda forma se desprenden también dos acepciones distintas sobre lo que serían los “marxistas” (de conjunto y en sus distintas variedades) [16].

 

En cuanto al concepto de revolución (que, como veíamos, para Benjamin no es una aceleración del desarrollo, sino la interrupción “mesiánica” del progreso), Debord formula una crítica profunda a Marx. Tratando de fundar el “poder proletario”  en una “legalidad científica”, sostiene “una imagen lineal del desarrollo de los modos de producción, arrastrada por luchas de clases que terminarían en cada caso ‘en una transformación revolucionaria de la sociedad entera o en la destrucción común de las clases en lucha’”. Pero en realidad, “las sublevaciones de los siervos vencieron jamás a los barones ni las revueltas de esclavos de la antigüedad a los hombres libres. El esquema lineal pierde de vista ante todo el hecho de que la burguesía es la única clase revolucionaria que ha llegado a vencer; y al mismo tiempo la única para la cual el desarrollo de la economía ha sido causa y consecuencia de su apropiación de la sociedad”. Para Debord, esta simplificación condujo a Marx a “descuidar el papel económico del Estado en la gestión de una sociedad: la de clases”[17] (Tesis 87). De aquí se desprende también un error en cuanto al rol asignado al Estado en la revolución proletaria, que nace sobre el proyecto de la revolución burguesa pero debe diferir cualitativamente de ellas: “La burguesía ha llegado al poder porque es la clase de la economía en desarrollo. El proletariado sólo puede tener él mismo el poder transformándose en la clase de la conciencia. La maduración de las fuerzas productivas no puede garantizar un poder tal, ni siquiera por el desvío de la desposesión acrecentada que entraña. La toma jacobina del Estado no puede ser su instrumento. Ninguna ideología puede servirle para disfrazar los fines parciales bajo fines generales, porque no puede conservar ninguna realidad parcial que sea efectivamente suya” (Tesis 88. Los subrayados son míos).

 

Volviendo a la Internacional Situacionista y la forma en que usaron el concepto de ideología, es posible afirmar entonces que:

 

 -La IS fue capaz de volver a Marx, dando un salto por encima de un siglo de socialdemocracia (en sus dos variedades: reformista/evolucionista y radical/voluntarista) reivindicando una teoría crítica proletaria, comunista, que ejerce implacablemente la labor de demolición de todas las ideologías existentes.

 

- La noción situacionista de ideología -a diferencia de ciertos “cientificistas” que, luego de los torpes intentos burocráticos por ocultar o negar valor a las obras inéditas de Marx, trazaron una severa distinción entre un “joven Marx” filosófico, y un “Marx maduro”, economista político y “científico”-, reconoce en toda la trayectoria de Marx una preocupación permanente por ciertos temas cuyas diferentes formulaciones nunca abandonan el “punto de vista unitario” o la perspectiva de la totalidad. En la vereda contraria, podemos encontrarnos la famosa posición de Althusser en  Ideología y aparatos ideológicos de Estado: “Todo parecía llevar a Marx a formular una teoría de la ideología. De hecho, La ideología alemana nos propone, después de los Manuscritos del 44, una teoría de la ideología, pero…no es marxista  (…). En cuanto El Capital, si bien es cierto que contiene numerosas indicaciones sobre una teoría de las ideologías (la más visible: la ideología de los economistas vulgares) no contiene una teoría propiamente tal…” (El subrayado es mío). Tenía bastante razón E.P. Thompson al ironizar con Althusser y sus discípulos como “más marxistas que Marx”. No es raro, a mi juicio, que la mayoría de ellos luego abandonara el marxismo y se pasara a las filas posmodernas. En el mismo sentido, Dussel afirma que “para Althusser, todo texto hegeliano de Marx no es "marxista". Sin embargo,  si hubiera leído con cuidado, hubiera encontrado ese hegelianismo más presente en el "último Marx" que en el joven Marx, es decir, el de los últimos manuscritos del libro II al final de la década de 1870” (Dussel, 1990, p.313).

 

En el volumen 1 de la reconstrucción del concepto de ideología emprendida por Jorge Larraín queda bastante bien demostrado que, a diferencia del “corte” que señala Althusser, el Marx “maduro” produjo “un concepto de ideología crítico y restringido”, como “continuación de la crítica filosófica iniciada en el período anterior:

 

-Crítico, porque “supone una distorsión, una mala representación u ocultamiento de las contradicciones”.

 

-Restringido, porque “no incluye toda clase de errores y distorsiones”.

 

Por esto, para Larraín “las interpretaciones estructuralistas y positivistas de Marx que hacen de la ciencia la antítesis de la ideología están equivocadas”. Pues la ideología no es “un error pre-científico que desaparece cuando llega la ciencia”, sino que, tal como se señala en La ideología alemana, “la remoción de estas nociones de la consciencia de los hombres, se… efectuará por la alteración de las circunstancias, no por deducciones teóricas” (Larraín, El concepto de ideología Vol.1, pág. 76 y ss.).      

 

-En las implicancias políticas del uso del concepto negativo de ideología, la I.S. es más fiel a Marx que el “marxismo” de su tiempo. Pues si hasta para un Lukács –escribiendo cuando nadie había podido todavía leer íntegramente La ideología alemana- fue posible definir al marxismo como “expresión ideológica de la clase proletaria en vías de emancipación”, la ideología es para Marx “una solución a nivel de la consciencia social de contradicciones  que no han sido resueltas en la práctica”. Su efecto específico es “el ocultamiento o representación inadecuada de la misma existencia o carácter de esas contradicciones”. Esta distorsión producida por la ideología “no es el patrimonio exclusivo de ninguna clase en particular”, pues puede producirse en todas las clases, “pero la ideología sólo sirve los intereses de la clase dominante” (Larraín, vol.1, pag. 75 y ss.).

 

“La clase que impera  en la sociedad materialmente, impera a la par espiritualmente”, pues la clase que tiene los medios de producción materiales “dispone también de los medios para la producción espiritual” (Marx y Engels, La ideología alemana, p.  82). Es en esa lógica donde se inscribe la noción marxiana de ideología: “pensamiento dominante que no hace sino traducir idealmente el estado de cosas en vigor, el estado de cosas que, precisamente, pone en manos de una clase dada, las riendas del poder”.

 

En el dominio de las ideas, cuando el pensamiento de la clase dominante se impone, “se acaba por olvidar que esas ideas tienen su raíz en un estado de cosas materiales y son producto de la clase dominante. Se les mira como verdades eternas” (ídem, p. 83). Es el famoso efecto de naturalización.

 

Algo más adelante en el texto de Marx y Engels (cuyo manuscrito data de 1845/46 pero que fuera publicado recién en 1932 por Riazanov), tras señalar el proceso histórico en que una clase se constituye como revolucionaria, genera su propio pensamiento y lo hace aparecer como expresando un interés general, para luego constituirse en nueva clase dominante, aparece una frase decisiva y susceptible de varias lecturas diferentes:

 

“Naturalmente que el fenómeno que hemos ido describiendo desaparecerá el día en que la sociedad deje de estar dividida en clases. La ideología de una clase particular debe revestirse de apariencias de ideología general de una época, al solo objeto de que esa clase pueda dominar a las demás. Pero si cuando no haya más clases, tampoco habrá clase  dominante ni, por tanto una ideología propia de esa clase” (p. 86).  

 

Las interpretaciones de raíz leninista y gramsciana podrían ver en esta frase la justificación de una “ideología socialista” como parte del último ejercicio de poder estatal asumido por el proletariado. Otros podrán distinguir entre ideologías particulares y generales. En la versión situacionista, la actitud comunista ante la ideología no es muy diferente a la actitud revolucionaria ante el Estado y la nación, en sintonía con Marx y Engels cuando afirmaban que “hay una clase que no tiene absolutamente ninguna especie de intereses nacionales: EL PROLETARIADO”, al que definen justamente como la clase que “ha roto por completo con el mundo antiguo, y le ha declarado la guerra” (ídem p. 112).

 

-A similitud del Marx “no marxista”, la I.S. se preocupó especialmente de negar a priori la posibilidad de conversión de su propia obra en ideología. Desde un inicio definieron al “situacionismo” como un “vocablo carente de sentido, forjado engañosamente por derivación de la raíz anterior” (“situación construida”, “situacionista”[18]). Por eso, para ellos “no hay situacionismo, lo que supondría una doctrina de interpretación de los hechos existentes. La noción de situacionismo ha sido concebida evidentemente por los antisituacionistas” (“Definiciones”, en Internationale Situationniste N° 1, diciembre de 1958).

 

-En la medida que la I.S. no estaba obsesionada con reivindicarse como el marxismo “verdadero”, pudo potenciar todo el valor de uso de Marx y de la mejor tradición marxista crítica, sin necesidad de cerrarla en un sistema o doctrina.  Otros grupos consejistas de la época como Socialisme ou Barbarie y Pouvoir Ouvrier (en los que Debord y otros situacionistas militaron durante un cierto tiempo, como actividad paralela a la I.S.), al insistir en la construcción de un marxismo revolucionario y auténtico terminaron en la vía de la autodisolución y con varios de sus militantes intentando “superar” la tendencia a afirmar una nueva ortodoxia por la vía de declarar al marxismo y a Marx en bloque como obsoletos: los momentos de mayor decepción “marxista” en Korsch y la abierta declinación de las trayectorias personales de Castoriadis, Lefort y Lyotard[19] son ejemplos claros de este tipo de desarrollo (que parece darle cierta razón al Lukács de “¿Qué es el marxismo ortodoxo?”: “este método sólo puede desarrollarse, perfeccionarse; porque todas las tentativas de superarlo o de mejorarlo tuvieron y no pueden dejar de tener otro efecto que hacerlo superficial, banal, ecléctico”). En retrospectiva, Castoriadis llegó a decir por ahí por 1965 que, “habiendo partido del marxismo revolucionario” habían llegado “al punto en que había que elegir entre seguir siendo marxistas o seguir siendo revolucionarios”[20].

 

Así que, en conclusión, a la cuestión de “ser o no ser marxistas” la IS no le daba más importancia que el propio Marx. Frente a las definiciones de fondo, se trataba de una cuestión más bien secundaria (si fuera por hablar de “el marxismo de la IS” -asumiendo que resulta tan poco legítimo como hablar de “el  marxismo de  Marx”-, este sería abiertamente no dogmático, y anti-ideológico: ¿cabría tal vez incluirlo dentro de la noción lukacsiana del “marxismo ortodoxo”?). Lo importante, para ellos y para nosotros ahora, es seguir desarrollando en las condiciones históricas actuales una teoría revolucionaria proletaria, abierta, crítica y dinámica. En esta tarea, tal como señalaba Korsch hacia 1950, “Marx es hoy simplemente uno de los muchos precursores, fundadores y continuadores del movimiento socialista de la clase obrera. No menos importantes son los socialistas llamados utópicos, desde Tomás Moro a los actuales. No menos importantes son los grandes rivales de Marx, como Blanqui, y sus enemigos irreconciliables, como Proudhon y Bakunin. No menos importantes, en cuanto a resultado final, los desarrollos más recientes tales como el revisionismo alemán, el sindicalismo francés y el bolchevismo ruso”. Esta reacción de Korsch, comprensible aunque tal vez exagerada (pues se piense lo que se piense sobre el o los marxismos, la obra inconclusa de Marx todavía espera a seguir siendo desarrollada[21]), en el fondo apunta a  lo correcto. De todas formas, a su listado cabría agregar hoy un largo etcétera.  

 

Además de la coherencia que presenta el no asociar la teoría revolucionaria al nombre de un individuo en particular, por genial y señero que éste nos resulte[22], una concepción como la de la I.S. (y también la del Korsch tardío) permite avanzar hacia la superación de la ya innecesaria división de los proletarios revolucionarios en “marxistas” y “anarquistas” (sobre todo asumiendo que en cuanto al grueso de su aporte “teórico”, Bakunin reivindicaba, aunque críticamente, la obra de Marx). Por otra parte, si en el terreno de esta tradición resulta necesario afirmar un marxismo “abierto” frente a otro cerrado, uno “libertario” frente al autoritario, uno “crítico” frente a otro positivista, el marxismo “revolucionario” frente a otro reformista, y así sucesivamente, no se entiende bien la ventaja de insistir en seguir reivindicando “el marxismo” en general, o en abstracto. Demás está decir que en la historia el marxismo lo que ha sido hegemónico no es precisamente el marxismo revolucionario y abierto.

 

Excede los límites de este texto referirse a este tema en detalle. Pero contra cierta tendencia a ver en la I.S. un híbrido “anarcomarxista” o “marxista libertario”, hay que destacar que los situacionistas, al igual que muchos otros consejistas y comunistas de izquierda, más que proponer un híbrido entre marxismo y anarquismo, o conformarse con moverse en un terreno intermedio entre ambos, se inclinan por superar dicha división suprimiéndola[23].

 

En “El proletariado como sujeto y como representación” Debord, luego de relatar la “fundación” del marxismo como victoria del positivismo socialdemócrata, se refiere en estos términos a la división en marxistas y anarquistas que se produjo en los momentos de reflujo de las luchas de la primera Internacional: “La derrota y represión que pronto halló hicieron pasar al primer plano un conflicto entre dos concepciones de la revolución proletaria que contienen ambas una dimensión autoritaria para la cual la auto-emancipación consciente de la clase es abandonada” (Tesis 91). 

 

Debord ve una cierta simetría en las diferencias entre “marxismo” y “bakuninismo”. Su diferencia es doble: radica tanto en la concepción sobre el poder en la sociedad revolucionaria, como también en cuanto al tipo de organización necesaria en el presente. Lo curioso es que “al pasar de uno a otro de estos aspectos, la posición se invierte”. Así, mientras la superioridad de la perspectiva de Bakunin por sobre Marx es clara en cuanto a su desconfianza en el uso “transitorio” del poder estatal como medio para lograr la abolición de las clases, Marx tendría razón al denunciar en Bakunin y sus partidarios en la Alianza “el autoritarismo de una elite conspirativa que se había colocado por encima de la Internacional”.

 

Desde ese momento, anarquismo y marxismo quedan constituidos como ideologías rivales dentro del movimiento obrero. Tal como lo expresa Gilles Dauvé, “a mitad del siglo XIX se produjo una verdadera escisión dentro del movimiento revolucionario entre lo que fue convertido en necedad como marxismo y anarquismo. Más tarde, por supuesto, la escisión se hizo peor” (Dauvé, 2002).

 

Ambas corrientes históricas han tenido una expresión reformista y otra revolucionaria, y en las revoluciones de los dos siglos que pasaron se han encontrado sucesiva o al mismo tiempo a uno y otro lado de las barricadas (Kronstadt y mayo del 37 en Barcelona son los ejemplos más terribles). 

 

La ventaja de considerarlos como ideologías está en que queda así muy clara la necesidad de superar lo que esa división tiene de falso problema. Para Debord, cada una de ellas contiene “una crítica parcialmente verdadera, pero perdiendo la unidad del pensamiento de la historia e instituyéndose ellas mismas en autoridades ideológicas” (como en el caso de la socialdemocracia alemana y la Federación Anarquista Ibérica: organizaciones poderosas puestas fielmente al servicio de estas  ideologías, con resultados desconcertantes en todas partes).

 

Con todo, creo que no podría reducirse ni al marxismo ni al anarquismo meramente al estatus de “ideologías” del movimiento obrero. En el caso del marxismo, de todo lo revisado hasta acá podríamos concluir que hay a lo menos dos o tres acepciones que podríamos destacar como conclusión: un “marxismo ideología”, definido no por Marx, sino más bien por Kautsky y sus discípulos en la II y III Internacionales; por otra parte, un “marxismo tradición”, que en realidad no es uno solo sino muchos “marxismos”. En esta tradición, si la consideramos en sentido amplio, debemos incluir también al marxismo-ideología: el marxismo vulgar, reformista y/o dogmático, en tanto expresiones ideológicas de ciertos sectores del movimiento obrero -y también externas a él-. Dentro del marxismo así entendido, si bien el estudio de todas sus variedades puede resultar necesario y útil en más de un sentido, a nosotros nos interesa destacar, desenterrar y seguir elaborando a partir de la tradición del marxismo revolucionario, abierto, libertario y crítico que hasta ahora ha sido la mejor expresión de la teoría proletaria. El marxismo en este último sentido, como tradición revolucionaria, conecta siempre más directamente con el método e intenciones emancipatorias de Marx que con el sistema ideológico construido “ya en vida de Marx” (como dijera Debord) pero perdiendo “el punto de vista unitario” (y revolucionario) de su teoría. A mi juicio, este “marxismo” es en realidad una de las formas más brillantes de “pensamiento de la historia”, y por lo mismo no aspira a quedarse eternamente identificada con la figura, la época y el nombre de Marx. De ahí que efectivamente para el propio Marx parecía algo absurdo y estrecho “ser marxista”, teniendo en cuenta el significado histórico amplio y profundo del programa comunista de abolición de la sociedad de clases.

 

“Marxismo”, “teoría crítica radical”, “filosofía de la praxis”, “materialismo histórico”, etc. Distintos nombres para un pensamiento de la historia que, tal como recuerda Debord, “no puede ser salvado más que transformándose en pensamiento práctico”. Cuando en la acción histórica del proletariado se manifiesta que este pensamiento no ha sido olvidado, “el desmentido de la conclusión es también la confirmación del método”. Por eso es que a inicios de los años 70, cuando ya casi se verificaba la disolución formal de la organización que más se había dedicado a preparar la más reciente detonación de la moderna lucha de clases (momento que, al igual que el de fundación, fue defendido por Debord como un “acto revolucionario”), los pocos situacionistas que quedaban, en un inusual acto de modestia afirmaban  que “las ideas llamadas ‘situacionistas’ no son otra cosa que las principales ideas del período de reaparición del movimiento revolucionario moderno”. De tal modo,  “lo que hay en ellas de radicalmente nuevo corresponde precisamente a los nuevos caracteres de la sociedad de clases”. En lo demás, se trataría ni más ni menos que “del pensamiento revolucionario nacido en los dos últimos siglos, el pensamiento de la historia, que vuelve a encontrarse en las condiciones actuales como en su casa” (Guy Debord y Gianfranco Sanguinetti, Tesis sobre la Internacional Situacionista y su tiempo, 1972). Por eso,

 

“FINALMENTE, NO SE TRATA DE UNA TEORÍA DE LA I.S., SINO DE LA TEORÍA DEL PROLETARIADO”.

 

 

 

 

II.- EL CONCEPTO DE ESPECTÁCULO

 

"El espectáculo no es una definición “sociológica” de un aspecto particular de la sociedad (los media y el público), sino que define la subordinación de todo lo real al capital”  (Mauricio Lazzarato).

 

En la segunda mitad del siglo XX, Guy Debord -fundador y principal impulsor de la Internacional Situacionista- acuñó el concepto de “espectáculo”, elemento central de su actividad teórica y práctica, que constituye probablemente uno de los legados imprescindibles para posibilitar la comprensión actual del Modo de Producción capitalista. A la frase anterior pensaba agregar, “y para reemprender colectivamente sus intentos de superación”, pero no es así necesariamente: El concepto también ha servido para ser banalizado, sembrar confusión, y/o facilitar repeticiones estériles. Suele ser utilizado como fetiche por los numerosos entusiastas del “situacionismo” al punto de perder cualquier utilidad crítica revolucionaria.  Sin embargo, en este breve texto vamos a entender este concepto en el sentido que él quiso darle y no en otro[24].

 

Una lamentable conjunción de factores ha determinado que el concepto de Espectáculo se haya difundido de una manera que no sólo no da cuenta de la amplitud –y especificidad-  de su contenido en Debord, sino que, a la vez que lo reduce a las manifestaciones más obvias, le resta potencial crítico para pasar a ser un lugar común como crítica de la preponderancia del consumo de imágenes publicitarias y de los medios de comunicación masivos. 

 

Pero el concepto es mucho más profundo. Para comprenderlo, es bueno recordar que el “marxismo” de Debord era, además de hegeliano, bastante influido por el “joven” Lukacs, el que decía que “no es en modo alguno casual que las dos grandes obras maduras de Marx dedicadas a exponer la totalidad de la sociedad capitalista y su carácter básico empiecen con el análisis de la mercancía. Pues no hay ningún problema de ese estadio evolutivo de la humanidad que no remita en última instancia a dicha cuestión, y cuya solución no haya de buscarse en la del enigma de la estructura de la mercancía.” (“La Cosificación y la Consciencia del proletariado”, en Historia y Consciencia de clase).

 

Construyendo sobre esa perspectiva, la noción debordiana de espectáculo constata que la característica central del modo de producción capitalista - el predominio del valor de cambio por sobre el valor de uso- ya se ha extendido sobre todos las esferas de la vida.

 

El libro La sociedad del espectáculo es el que desarrolla en profundidad esta noción. A lo largo del texto, sobre todo en los dos primeros capítulos (“La separación consumada” y “La mercancía como espectáculo”[25]), se pueden encontrar varias definiciones:

 

-El espectáculo se muestra a la vez como la sociedad misma, como una parte de la sociedad y como instrumento de unificación. En tanto que parte de la sociedad, es expresamente el sector que concentra todas las miradas y toda la conciencia. Precisamente porque este sector está separado es el lugar de la mirada engañada y de la falsa conciencia; y la unificación que lleva a cabo no es sino un lenguaje oficial de la separación generalizada (Tesis 3).

 

-El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes (Tesis 4).

 

-El espectáculo es el discurso ininterrumpido que el orden presente mantiene consigo mismo, su monólogo elogioso. Es el autorretrato del poder en la época de su gestión totalitaria de las condiciones de existencia (Fragmento de la Tesis 24).

 

-El espectáculo señala el momento en que la mercancía ha alcanzado la ocupación total de la vida social. La relación con la mercancía no sólo es visible, sino que es lo único visible: el mundo que se ve es su mundo (Fragmento de la tesis 42).

 

-El espectáculo es la otra cara del dinero: el equivalente general abstracto de todas las mercancías. Pero si el dinero ha dominado la sociedad como representación de la equivalencia central, es decir, del carácter intercambiable de bienes múltiples cuyo uso seguía siendo incomparable, el espectáculo es su complemento moderno desarrollado donde la totalidad del mundo mercantil aparece en bloque, como una equivalencia general a cuanto el conjunto de la sociedad pueda ser o hacer (Fragmento de la tesis 49).

 

A efectos de síntesis, resulta interesante ver como Debord se refiere al concepto 21 años después, en los Comentarios a la sociedad del espectáculo: “En 1967, con el libro La sociedad del espectáculo puse de relieve lo que el espectáculo moderno era ya en esencia: el reinado autocrático de la economía mercantil, que ha conseguido un estatuto de soberanía irresponsable, y el conjunto de las nuevas técnicas de gobierno que corresponden a ese reinado”.

 

En 1967 Debord distinguía dos formas “sucesivas y rivales” de sociedad espectacular: lo espectacular difuso y lo espectacular concentrado. Mientras la versión concentrada surgía sobretodo en el totalitarismo contrarrevolucionario nazi y estalinista y se basaba en una ideología centrada en la figura de un dictador, la variedad difusa se encarnaba prototípicamente en Estados Unidos, e “incitaba a los asalariados a escoger libremente entre una gran variedad de nuevas mercancías”. La principal corrección que en 1988 introduce a esta diferenciación, es la comprobación de que luego de 1968 había surgido una versión nueva a la que se refiere como lo “espectacular integrado”[26], que utiliza ambas formas previas a la vez, ampliándolas y modificándolas en gran medida.

 

“Por lo que respecta al aspecto concentrado, el centro director se ha convertido en oculto: ya nunca se coloca en él a un jefe conocido o una ideología clara. En cuanto al lado difuso, la influencia espectacular no había marcado jamás hasta ese punto la práctica totalidad de las conductas y de los objetos que se producen socialmente, ya que el sentido final de lo espectacular integrado es que se ha incorporado a la realidad a la vez que hablaba de ella; y que la reconstruye como la habla. Así pues, esa realidad no se mantiene ahora enfrente suyo como algo ajeno. Cuando lo espectacular era concentrado se le escapaba la mayor parte de la sociedad periférica; cuando era difuso se le escapaba una mínima parte; hoy no se le escapa nada”, así, “la experiencia práctica de la realización sin freno de la voluntad de la razón mercantil, habrá demostrado de forma rápida y sin excepciones, que el devenir-mundo de la falsificación era también el devenir-falsificación del mundo”.

 

Debord señala cinco rasgos principales de la sociedad dominada por lo espectacular integrado, que ahora se han hecho totalmente evidentes y visibles:

 

-la incesante renovación tecnológica

-la fusión económico-estatal

-el secreto generalizado

-la falsedad sin réplica

-un perpetuo presente

 

Nos interesa destacar que, en el fondo, la dominación espectacular en la forma que se presenta hoy implica la aniquilación del sentido histórico. La manera generalizada en que nadie recuerda el pasado es garantía del presente perpetuo de la sociedad mercantil, al punto que los aspectos más destructivos del recorrido catastrófico del Modo de Producción no sólo no se recuerdan, sino que en su manifestación actual, extremadamente nociva para la humanidad y para el globo terráqueo, no son casi percibidas. En este sentido, frente a la dominación total por parte de la mercancía, sólo cabe una contestación total que destruya tal separación de la actividad humana de su producto. Desde esta perspectiva, el contenido anticapitalista de la revolución proletaria es la reivindicación del tiempo histórico y de la inteligencia colectiva de la humanidad: “la práctica del proletariado como clase revolucionaria no puede ser menos que la consciencia histórica operando sobre la totalidad del mundo”. 

 

Si bien en Debord el concepto de espectáculo aparece frecuentemente ligado al rol pasivo de contemplación de imágenes y a aquel entramado que Adorno y Horkheimer llamaron “industria cultural”[27], para él “el problema, sin embargo, no es la ´imagen` ni la ´representación` en cuanto tal, como afirman tantas filosofías del siglo XX, sino la sociedad que tiene necesidad de esas imágenes. Es cierto que el espectáculo se apoya particularmente en la vista....pero el problema reside en la independencia que han conquistado esas representaciones que se sustraen del control de los hombres y les hablan de forma monológica, desterrando de la vida todo diálogo. Esas representaciones nacen de la práctica social colectiva, pero se comportan como seres independientes” (Anselm Jappe, 1998, p. 22).

 

Gran parte del “pensamiento” postmoderno ha utilizado lecturas parciales del concepto de “espectáculo”, así como de otros temas y conceptos situacionistas, aislados del contexto de origen, sin una perspectiva unitaria ni finalidades subversivas, y en la mayoría de los casos sin siquiera aludir a sus orígenes (mostrando que es cierto lo que en su momento dijo el pintor Asger Jorn: “A Debord no es que se le conozca mal: se le conoce como el mal”). Baudrillard y su noción de “simulacro” podría ser uno de los ejemplos más notorios de este tipo de “recuperación”.

 

Entre las críticas que se han hecho al concepto, desde una perspectiva revolucionaria, podemos citar a Gilles Dauvé (comunista de izquierda francés que escribió mucho tiempo con el seudónimo Jean Barrot) en “Critique of the Situationist International” (1979). 

 

Para él, es claro que la noción de espectáculo se enlaza con lo que Marx y Engels entendían por “ideología”. Mientras Socialisme ou Barbarie “analizaba el problema de la revolución mediante la sociología industrial, la IS lo hacía a través de un análisis de la superficie de la sociedad”. De ahí que exista, para Dauvé, una gran  contradicción, que llega a ser “un camino sin salida teórico y práctico”, y  que se expresa en el hecho de que “se hace un estudio de lo profundo a través de -y mediante la- apariencia superficial”. No hay en realidad un análisis adecuado del capital, al que “se le comprende, pero a través de sus efectos”. Se critica al capital a través de la mercancía, pero “no como un sistema de valorización que incluye la producción tanto como el intercambio”, pues el libro de Debord se restringe al momento de la circulación, dejando fuera “el necesario momento de producción, de trabajo productivo”.

 

De esta forma, si bien en esta crítica se le reconoce a la IS, entre otras cosas, el haber dado nuevo vigor a ciertos temas marxianos que estaban olvidados en ese momento, su “sobreestimación del espectáculo es el signo de que se teoriza desde la base de una visión social nacida desde la periferia de la sociedad,  pero creyendo que está en el centro de la misma” (traducción propia).  

 

 

 

 

III.- COMUNISMO, PROLETARIADO Y CRÍTICA DE LA SEPARACIÓN

 

“Los conceptos más importantes y verdaderos de la época son condicionados precisamente organizando alrededor de ellos la mayor confusión y los peores contrasentidos. Los conceptos vitales conocen a la vez los usos más verdaderos y los más mentirosos” (Domenach contra la alienación, I.S. num. 10, marzo de 1966).

 

1.- Los situacionistas, dicho en forma muy metafórica, leen El Capital desde el Manifiesto Comunista. Y viceversa. Pues niegan la división entre ambos “estilos”, al retomar en su tiempo la crítica total de las condiciones existentes. En esa misma actitud, renuncian a separar “política” y “poesía”, lucha económica y lucha política, “arte” y “vida”.

 

2.- Pese a la lectura “esteticista” que ha predominado con fuerza[28], la I.S. fue en realidad una de las expresiones más eficaces y serias de “partido comunista” en el siglo XX. Para poder entender eso, lamentablemente, es todavía necesario insistir en una serie de aclaraciones terminológicas y de sentido. Pues la lucha contra la ideología se da muy fuertemente en el ámbito de las palabras, y en esa época -uno de los momentos más reaccionarios del siglo XX-, era difícil usar varias palabras fundamentales en su sentido originario.

 

3 ejemplos:

 

Comunismo: Para Marx, y la IS, el comunismo no es un aparato de estado, tampoco un mini-estado o “partido político” o “comité central” de representantes oficiales de la clase, sino que “el movimiento real que suprime las condiciones existentes”. En otro sentido –complementario- “comunismo” es la teoría revolucionaria del proletariado como última clase histórica: aquella que puede realizar la abolición de las separaciones, mediante la abolición del Estado, el mercado, el trabajo y las clases.

 

Partido: En el siglo XX, “partido” es un Estado en miniatura, y el “partido comunista” una organización burocrática que pretende administrar el capitalismo desde el Estado.

 

En el siglo XIX, partido es ni más ni menos que cualquier bando organizado, surgido de y definido desde un antagonismo social, desde el conflicto de clase. Hasta Bakunin y después de él otros anarquistas hablaban sin mayor problema de un “partido anarquista”, del “partido proletario”. Por ejemplo, en su panfleto en ruso “Alianza Internacional de la Democracia Socialista”, Bakunin distinguía dos partidos principales, el de la reacción y el de la revolución social, y entre los socialistas hacía a su vez una nueva distinción: “el partido de los socialistas pacíficos o burgueses (que en rigor pertenecen al partido de la reacción), y el partido de los revolucionarios sociales. Estos últimos se subdividen a su vez en  socialistas estatales revolucionarios, y en anarco-socialistas revolucionarios, enemigos de todo Estado y de todo principio estatal” (Bakunin, 1978, p. 33).

 

La posición de Marx sobre el partido se vislumbra claramente de estas partes de su carta a Freiligrath del 29 de febrero de 1860: “Después de que, a partir de mi petición, la Liga fue disuelta en noviembre de 1852, no he pertenecido (ni pertenezco) a ninguna organización secreta o pública; por tanto el partido, en ese sentido absolutamente efímero, para mí ha dejado de existir desde hace ocho años. (…) La Liga (…) no fue más que un episodio en la historia del partido, que nace espontáneamente del suelo de la sociedad moderna (…) Al hablar de partido, doy a este término su sentido eminentemente histórico” (los destacados son míos). El camarada Rubel, en “El partido proletario en Marx” (1961, de donde hemos tomado la cita anterior) propone la distinción entre partido en sentido “sociológico” (o institucional) y en sentido “ético”. La definición de “comunista” en Marx calza con este segundo sentido: “Nuestro mandato de representación del partido proletario, lo sostenemos nosotros mismos, pero es refrendado por el odio exclusivo y general que nos han dedicado todas las fracciones del viejo mundo y todos los partidos” (Marx a Engels, 18 de mayo de 1859, citado por Rubel, 1961).      

 

Por esto es que la discusión principista entre los pro-partido y los anti-partido es en muchos casos una discusión falsa e innecesaria, puesto que no se llega casi nunca a precisar qué se entiende por partido proletario en cada situación histórica. Lo que debiera quedar claro es que cuando se habla de partido desde una genuina posición proletaria, la referencia no es el tipo de partido autoritario y rígido, organizado a imagen y semejanza del Estado, como el que defienden los leninistas, y mucho menos los partidos del sistema democrático burgués, que a estas alturas más que partidos son plataformas publicitarias y electorales.   

 

Proletariado: Mientras el grueso del marxismo regurgitaba viejas fórmulas con convicción cuasi-religiosa, las que incluían la idealización del proletariado industrial masculino como sujeto revolucionario –con el subsiguiente llanto y lamentaciones cuando les parecía que éste dejaba de existir-, y el “neomarxismo” a su vez proclamaba la muerte del proletariado y centraba sus esperanzas en los estudiantes o el campesinado del “Tercer Mundo”, la  IS saltaba por encima de ambas opciones, pues entendía que la vieja lucha de clases se manifestaba de nuevas formas, y el proletariado también debía ser entendido de una manera dinámica.

 

Usando estas palabras correctamente, se comprende bien a Tronti cuando dice que “la clase obrera no puede hacerse partido dentro de la sociedad capitalista sin impedir a ésta la continuación de su funcionamiento. Cuando ésta funciona, ese no es el partido obrero”.

 

3.-La concepción no sólo dinámica sino que negativa del proletariado es otro de los aportes más consistentes de la IS. Dinámica pues lo concibe como un producto histórico flexible de un modo e producción que también lo es. Negativa pues lo esencial no viene dado por tal o cual función “económica” sino por su capacidad de desarrollar un antagonismo que rechaza la totalidad del capitalismo.

 

Curiosamente, alguien con tan poca fama de revolucionario proletario como Adorno, destacaba este dinamismo cuando a principios de los 40 defendía la necesidad de “contemplar el concepto de clase mismo tan de cerca que se lo fije y modifique a la vez”:

 

Que se lo fije, “porque su fundamento, la división de la sociedad en explotadores y explotados, no sólo pervive sin menoscabo alguno, sino que gana en violencia y solidez”.

 

Y que se lo modifique, “porque los oprimidos, hoy, de acuerdo con la predicción de la Teoría, la inmensa mayoría de los seres humanos, no se pueden experimentar a sí mismos como clase” (Theodor Adorno, Reflexiones sobre la teoría de las clases, 1942).

 

4.- En este desarrollo complejo y terrible que ha arrastrado la época de las luchas de clases hacia nuevas condiciones el proletariado de los países industriales ha perdido completamente la afirmación de su perspectiva autónoma y, en último análisis, sus ilusiones, pero no su ser. No ha sido suprimido. Mora irreductiblemente existiendo en la alienación intensificada del capitalismo moderno: es la inmensa mayoría de trabajadores que han perdido todo el poder sobre el empleo de sus vidas y que, los que lo saben, se redefinen como proletariado, el negativo del obrero en esta sociedad. Este proletariado es reforzado objetivamente por el movimiento de desaparición del campesinado así como por la extensión de la lógica del trabajo en la fábrica que se aplica a gran parte de los "servicios" y de las profesiones intelectuales. Este proletariado se halla todavía subjetivamente alejado de su conciencia práctica de clase, no sólo entre los empleados sino también entre los obreros que todavía no han descubierto más que la impotencia y la mistificación de la vieja política. Sin embargo, cuando el proletariado descubre que su propia fuerza exteriorizada contribuye al fortalecimiento permanente de la sociedad capitalista, ya no solamente bajo la forma de su trabajo, sino también bajo la forma de los sindicatos, los partidos o el poder estatal que él había construido para emanciparse, descubre también por la experiencia histórica concreta que él es la clase totalmente enemiga de toda exteriorización fijada y de toda especialización del poder (Debord, Tesis 114 de La Sociedad del Espectáculo. Los subrayados son míos).

 

5.- Los situacionistas sabían, como Adorno, que “objetivamente” el proletariado no ha hecho sino crecer, al contrario de lo que afirmaban los sociólogos modernistas y otros especialistas alienados obsesionados con las “clases medias” y la “sociedad de consumo”. Pero no se conforman con el diagnóstico pesimista (tan asociado a los frankfurtorianos y al grueso del marxismo y “postmarxismo” de academia) de que ya no es posible que estas masas de gente se experimenten “subjetivamente” como clase: apuestan a que la fuerza negativa del nuevo proletariado se manifestará otra vez, al tomar consciencia de la “pérdida de poder sobre la vida”, al rechazar las representaciones y su “fuerza exteriorizada”, y al salir de nuevo al escenario histórico de la lucha de clases debía ser capaz de articular una contestación total del capitalismo. Ese nuevo asalto se produjo, en el período 1967/1977 (aunque es el año 1968 ha quedado instalado más fuerte en el imaginario) y dejó heridos de muerte al estalinismo y otras representaciones alienadas de la clase, dando inicio a un período de agitaciones y autonomía obrera que se verificaron a nivel mundial, aunque para los periodistas y sociólogos oficiales dicho período sea visto exclusivamente como una revuelta cultural, estudiantil y tercermundista, como representaciones espectaculares de la revolución.

 

6.- Posteriormente, con lo que se suele denominar como “crisis ecológica”, la consciencia de clase del proletariado como la clase que expresa los intereses de toda la humanidad, se hace aún una cuestión más urgente y universal. Para Debord (1971), el optimismo científico propio del siglo XIX se había desmoronado en tres puntos: “En primer lugar, la pretensión de garantizar la revolución como solución feliz de los conflictos existentes (la ilusión hegeliano-izquierdista y marxista; la menos compartida por la intelectualidad burguesa, pero la más rica y, después de todo, la menos ilusoria); segundo, la visión coherente del universo y aun simplemente de la materia; y tercero, el sentimiento eufórico y lineal del desarrollo de las fuerzas productivas. Si llegamos a dominar el primer punto, habremos resuelto el tercero; más adelante sabremos hacer del segundo nuestro asunto y nuestro juego”. Por eso, la consigna “¡Revolución o muerte!” ya no sólo es “la expresión lírica de la conciencia rebelde, sino la última palabra del pensamiento científico de nuestro siglo”. Pues “no hay que curar los síntomas, sino la enfermedad misma”.

 

7.- Para finalizar, habría que mencionar otro rasgo central de la acción situacionista: la Crítica de la separación, y su postura clara de anti-especialización En esto, la IS parece calzar perfectamente con el rasgo distintivo del “marxismo ortodoxo” según el Lukács de Historia y consciencia de clase: centralidad del fenómeno del “fetichismo de la mercancía” y defensa del “punto de vista de la totalidad”.

 

8.- Directamente de ahí parece derivar la insistencia permanente de los situacionistas en la crítica de las separaciones, y en el programa comunista reemprendido como disolución no sólo de la oposición entre trabajo intelectual y manual, sino que como abolición de todas esas distinciones artificiales creadas por las sociedades de clase y, muy centralmente, como supresión/superación no sólo del trabajo asalariado moderno sino que del trabajo y del arte en sí mismos como esferas autonomizadas de actividad humana.

 

9.- En este punto, la IS integra en un momento superior lo que en el reino de la mercancía aparece como separado: Marx y Lautreamont, Sade y Reich, dadá y los consejos obreros, arte y política, la crítica de la economía política y la vida cotidiana en la fábrica social, etc. Tras décadas de predominio de un marxismo positivista que despreciaba el “socialismo utópico”, la IS retoma el diálogo con Fourier y otros “utopistas” que Marx y Engels admiraban a la vez que criticaban (y una actitud similar es la que tenían hacia Blanqui)[29]. En este sentido, se podría decir que la IS supo hacer uso tanto del sentido constructivo o positivo del utopismo a la Fourier (sobre todo mediante sus experimentaciones e intervenciones en el espacio urbano, y teóricamente en la obra de Raoul Vaneigem) como de la función negativa de la utopía, que Benjamin en su momento definió como “iluminar el sector de lo que merece ser destruido”.

 

10.- Luego de su fase inicial dedicada a la “superación del arte”, la IS trató de abolir todas las separaciones, explorando otro sentido del tiempo, conquistando nuevos espacios (la ciudad, el cuerpo, el lenguaje), y conceptualizando las aparentes derrotas de la clase obrera como victorias (la Comuna, Kronstadt, España 1936) y las victorias oficiales como derrotas (conquista del poder por una burocracia dirigente del Capitalismo de Estado y/o por la representación socialdemócrata y sindicalista de la clase obrera).

 

11.- El mayor o menor grado de éxito en esta tarea deberá ser evaluado en otras instancias. Lo que queríamos demostrar en esta breve revisión es la ligazón profunda entre Marx y la I.S., y la relevancia de la aplicación situacionista de Marx para las luchas de clases del siglo XXI.

 

12.- “Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente” (Manifiesto del Partido Comunista).

 

 

NOTA FINAL:

 

Varios motivos obligan a dejar este texto hasta aquí. Queda claro que hay otros aspectos que ameritan tratamientos más extensos: además de otros aportes de la teoría situacionista, habría que referirse a su praxis (superación del arte, acciones y exploraciones en el espacio físico de la ciudad, derivas, tergiversaciones y abordaje de los problemas de organización), historia y a la crítica de las actuaciones y aportes de este grupo revolucionario.

 

Estos aportes resultan muy necesarios hoy, luego de que una “moda” del situacionismo se ha visto surgir y resurgir varias veces, al punto que podríamos ironizar diciendo que a Debord y Vaneigem, les ocurrió más o menos lo mismo que a Marx y Engels, con cien años de diferencia (pues es sabido que la historia se repite: una vez como tragedia, y otra como comedia): mediante la ideologización, operación que por sobre todo responde a la actividad de sus discípulos contemplativos, se intenta neutralizar y desactivar los momentos de verdad de las contestaciones radicales que insisten en aparecer en el horizonte del funcionamiento cíclico pero inesperado de las sociedades de clases. Pero la teoría comunista es irrecuperable. El deber de los anticapitalistas es estudiar seriamente esas manifestaciones, esos procesos y los distintos momentos y formas en que ha librado sus combates el partido antagonista, el partido de la negación total, el partido proletario.     

 

 

 

Bibliografía utilizada:

 

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-MOVIMIENTO ANÁRQUICO POR EL SOCIALISMO Y LA AUTOGESTIÓN-REDES POR LA AUTO


[1] Mientras el volumen 1 de Larraín está dedicado a los orígenes del concepto, cuando en la Francia todavía revolucionaria de fines del siglo XIX algunos intelectuales burgueses proponían iniciar una ciencia del estudio sistemático de las ideas, y hasta los dos  nuevos significados que asume el concepto a la luz de los conflictos y la lucha social del siglo XIX: las referencias despectivas de Napoleón al carácter contemplativo de la actividad de los “ideólogos”, y luego la aportación (una verdadera inversión y desnudamiento del significado inicial) la crítica de la ideología efectuada por Marx, que la desenmascara como falsa consciencia, imposición violenta de las ideas de la clase dominante, que constituye el cemento de todo el edificio social. El volumen 2 se titula “El marxismo posterior a Marx: Gramsci y Althusser”  (como se ve, Larraín es de los que creen que hay un “marxismo” ya en tiempos de Marx) y recorre todas las peripecias desde la muerte del barbón a la ambigüedad de su amigo y ayudante Engels, y la nueva inversión del concepto, efectuada ahora por Lenin y Gramsci. Según anuncia el autor, el tercer volumen estará dedicado al debate entre “Historicismo y Postivismo: De Nietzsche a Durkheim”, y el cuarto a “Estructuralismo y Lenguaje: De Levi-Strauss a Baudrillard”. En los volúmenes ya publicados no hay referencia alguna a la I.S. 

Por su parte, en el bastante entretenido volumen que nos ha dejado Zizek,  “Ideología: un mapa de la cuestión”, he detectado una sola referencia a Debord y la “sociedad del espectáculo”, en el texto del mismo Zizek con que se abre el libro (El espectro de la ideología): luego de la “ideología en sí” y de la ideología exteriorizada en práctica materiales (los famosos Aparatos Ideológicos de Estado de Althusser), esta exteriorización se “refleja sobre sí misma” y nos topamos con una realidad que aparece como extraideológica, pero que en verdad es indistinguible de la ideología. En este punto, además de mencionar como ejemplo el análisis marxiano del “fetichismo de la mercancía” (“en teoría, un capitalista se aferra al nominalismo utilitario, y sin embargo, en su propia práctica (de intercambio, etc.) sigue ‘caprichos teológicos’ y actúa como un idealista contemplativo”), Zizek concluye: “una referencia directa a la coerción extraideológica (del mercado, por ejemplo) es un gesto ideológico por excelencia: el mercado y los medios (masivos) están interrelacionados dialécticamente; vivimos en una ‘sociedad del espectáculo’ (Guy Debord) en la que los medios estructuran de antemano nuestra percepción de la realidad y hacen a realidad indistinguible de su imagen ‘estetizada’” (Zizek, 203, p. 24).

[2] Esta labor crítica requiere de un esfuerzo activo. No puede ser confundida con la posición dominante en el marxismo de inicios del siglo XX, tal como es denunciada por Korsch en “Marxismo y Filosofía”: una negación demasiado apresurada de toda filosofía y/o ideología, considerada como un problema de la “superestructura” en la época más economicista y mecánica del materialismo histórico de la II Internacional.

[3] Desde esta perspectiva, la de Marx y la IS, temáticas de factura posmoderna/reaccionaria tales como la ideología del “fin de las ideologías” y el pretencioso relato sobre “el fin de los mega-relatos” habría causado risotadas y desprecio en vez de ríos de saliva y tinta-.

[4] Incluso en un momento más “maduro” de la acción situacionista, el movimiento de las ocupaciones en Mayo de 1968 en Francia, en los telegramas enviados por situacionistas y “enragés” a los Partidos “Comunistas” chino y ruso, junto con la amenaza de un inminente movimiento de consejos obreros que barrería con esas burocracias, se incluye la consigna de “¡Larga vida al marxismo revolucionario!”. No obstante, la redacción del comunicado tal vez deba ser atribuida a algún miembro del núcleo de simpatizantes de la IS conocido como “enragés”.

[5] Se trata del “cuestionario” publicado en el número 9 de la revista Internationale Situationniste (1964). Muy interesante resulta también la respuesta sobre el “tamaño” de la organización: -¿Cuantos sois? –Algunos más que el núcleo inicial de la guerrilla de Sierra Maestra pero con menos armas. Algunos menos que  los delegados que estuvieron en Londres en 1864 para fundar la AIT, pero con un programa más coherente…”.

[6]En esto Debord se diferencia del Lukács Historia y consciencia de clase, para el que el punto de vista de la totalidad es precisamente define al “marxismo ortodoxo” diferenciándolo de todo lo demás (idealismo, materialismo y marxismo vulgares…). “Esta concepción dialéctica de la totalidad, que se aleja en apariencia de la realidad inmediata y que construye esa realidad de una manera en apariencia ‘no científica’, es, de hecho, el único método que puede captar y reproducir la realidad en el plano del pensamiento. La totalidad concreta es, pues, la categoría auténtica de la realidad”. Para Lukács, es ese método lo que define al marxismo ortodoxo, que “implica la convicción científica de que con el marxismo dialéctico se ha encontrado el método de investigación justo, de que este método sólo puede desarrollarse, perfeccionarse; porque todas las tentativas de superarlo o de mejorarlo tuvieron y no pueden dejar de tener otro efecto que hacerlo superficial, banal, ecléctico”. Para Lukàcs, entonces, el marxismo ortodoxo no significa “una adhesión sin crítica a los resultados de la investigación de Marx, no significa un acto de ‘fe’ en tal o cual tesis”. El marxista ortodoxo podría tranquilamente seguir siéndolo aunque rechazara totalmente algunas tesis de Marx a la luz de nuevos resultados de la investigación (Lukács, “Qué es marxismo ortodoxo”, en Historia y consciencia de clase). Curiosamente, esta definición de marxismo ortodoxo podría calzar con lo que desde otro punto de vista es definido como “revisionismo”. Veamos, por ejemplo, la definición suministrada en el Diccionario del Militante Obrero, elaborado en los medios obreros autónomos de Cataluña a inicios de los años 70: “Hoy se llama “revisionista” a todo aquel marxista que no acepta la teoría de Marx en bloque. Así, el revisionista sería el antitético del dogmático. Se usa impropiamente como sinónimo de reformista”. El propio Marx no tuvo problemas en “revisarse” a sí mismo de vez en cuando, tal como lo demuestra, por ejemplo, el Prólogo El propio Marx no tuvo problemas en “revisarse” a sí mismo de vez en cuando, tal como lo demuestra, por ejemplo, el Prólogo escrito junto a Engels para una edición alemana del Manifiesto Comunista en 1872: “Este programa ha quedado a trozos anticuado por efecto del inmenso desarrollo experimentado por la gran industria en los últimos 25 años, con los consiguientes progresos ocurridos en cuanto a la organización política de la clase obrera, y por el efecto de las experiencias prácticas de la revolución de febrero en primer término, y sobre todo de la Comuna de París, donde el proletariado, por vez primera, tuvo el poder político en sus manos por espacio de dos meses. La Comuna ha demostrado, principalmente que la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado en bloque, poniéndola en marcha para sus propios fines”.

[7] A Rubel se le debe una de las mejores ediciones críticas existentes del libro II de El Capital (Karl Marx, Oeuvres, Économie, t.II, París, 1968).

[8] En la introducción a su edición crítica del Libro II en siglo XXI editores, Pedro Scaron señala que fue perfectamente defendible la decisión de Engels quien, enfrentado a una cantidad impresionante de manuscritos, debió decidir entre una edición “militante” y simplificada o una “científica” para especialistas, optando en definitiva por lo primero: “Pero al optar por una edición más accesible y popular, Engels dio pie a dos errores bastante difundidos. Por un lado, el de quienes consideran que estos tomos no son meros materiales preparatorios de una exposición definitiva que Marx, por desgracia, no llegó a elaborar, sino precisamente dicha exposición terminada. Por otro lado, en su modestia y abnegación, Engels procura convencernos de que la obra que nos presenta, tal como él nos la presenta, sigue siendo ‘la obra exclusiva del autor, no del editor’”, siendo que “el enorme trabajo de Engels (…) permite asegurar que dichos tomos, en su forma actual, son hasta cierto punto una obra común de Marx y Engels” (Scaron, Advertencia a la presente edición, El Capital, Tomo II/Vol.4). 

[9] Me parece muy adecuada la expresión de José Aricó y los compañeros de Pasado y Presente cuando decían que los manuscritos de Marx “no eran sino borradores de un libro que los socialistas del mundo debían contribuir a escribir”.

[10] En dicho texto, Korsch –que luego reaccionaría en contra de su pasado “ortodoxo”- se dedica a desarrollar lo que él considera son los 4 puntos esenciales del marxismo, que resume así:

“1. Todas las proposiciones del marxismo, incluyendo aquéllas que son aparentemente generales, son específicas.  

2. El marxismo no es positivo, sino crítico.  

3. Su objeto no es la sociedad capitalista existente en su estado afirmativo, sino la sociedad capitalista en declive tal como es revelada por las demostrables tendencias operativas de su disolución y decadencia.  

4. Su propósito primario no es el goce contemplativo del mundo existente, sino su revolucionamiento práctico”. 

[11] En ambos casos he usado la traducción de Pablo Oyarzún, por parecerme bastante más certera que la de Jesús Aguirre.

[12] De esta forma, el Karl Korsch de los años 20 también se alineaba en la postura de defensa del “verdadero” marxismo. Al respecto, ver el capítulo sobre “Korsch y el comunismo” en el libro de Kellner sobre Korsch. El “historicismo revolucionario” de Korsch le hizo llegar incluso a la reivindicación del leninismo durante gran parte de los años 20: su rectitud teórica emanaba directamente del hecho concreto de la revolución rusa, y así Lenin, que meses antes de la gesta de Octubre había escrito “El Estadoy la revolución” con la intención de “reestablecer la correcta teoría marxista del Estado”, era visto como “un signo de que la conexión interna de la teoría y la práctica dentro del marxismo revolucionario había sido restablecida de forma consciente” (Marxism and Philosophy, citado por Kellner, p. 39). En el momento crítico posterior, el “leninismo” como ideología del capitalismo de Estado dirigido por los estalinistas es rechazado, pero en retrospectiva Korsch seguía creyendo que “todo el proletariado ruso, y con él toda la vanguardia revolucionaria consciente del proletariado internacional, tuvieron que ser leninistas en el pasado” (Karl Korsch, “El segundo partido”, en Politische Texte, citado por Kellner, p.65).

[13] En la medida que se conciba al marxismo como intrínsecamente mutilado y deformado (Debord), o como algo que es deformado posteriormente por la práctica reformista (Lukàcs, Tronti), varía notoriamente lo que se entiende por “ortodoxia”. Así mientras algunos marxistas ligados al comunismo de consejos -como Mattick, Pannekoek, Korsch y Gorter- han sido definidos usualmente como “heterodoxos”, la paradoja consisten que en general ellos veían su propio marxismo como “ortodoxo” y a los marxismos oficiales de la II y III Internacional como tergiversaciones históricas.

[14] Para una demostración clara de esta afirmación, remitimos a ¿Teoría de la decadencia o decadencia de la teoría?, un texto del colectivo/revista británico Aufheben cuya traducción al español se puede encontrar en varios sitios de internet. Para el estudio de las características definitorias, principales fases y variedades de “marxismo soviético”, recomiendo la obra de Marcuse sobre el tema. La conexión profunda entre ideología socialdemócrata y marxismo-leninismo es también señalada por Korsch a partir de fines de los años 20 (el estalinismo, en definitiva, es para Korsch el “bernsteinismo/kautskismo” del momento posterior a la toma del poder estatal), y mucho después por Jean Barrot en El ‘renegado’ Kautsky y su discípulo Lenin (redactado como presentación a la edición del clásico texto de Karl Kautsky “Las tres fuentes del marxismo”. El texto de  Barrot está disponible en internet: http://www.geocities.com/cicabib/barrot/renegado.htm ).

[15] Lo mismo parece sugerir Jorge Larraín cuando subtitula su vol. 2 como “el marxismo posterior a Marx”: de acuerdo a esto, está claro que para él hay un marxismo simultáneo a Marx, y me imagino que el absurdo resultaría bastante claro si se pretendiera que hay un marxismo “anterior a Marx”. ¿Es posible hablar en serio del marxismo de Marx? No me resulta claro, pero me inclino por la negativa.

[16] Por dar un ejemplo lo suficientemente digno, podemos señalar la forma en que entendían el ser “marxistas” los camaradas de Socialisme ou Barbarie en 1949: “si nos consideramos marxistas, no creemos ni mucho menos que ser marxista signifique tener con Marx las relaciones que los teólogos católicos tienen con las Escrituras. Para nosotros, ser marxista significa situarse en el terreno de una tradición, plantear los problemas partiendo del trabajo efectuado por Marx y por los que han sabido después ser fieles a su intento, defender las posiciones marxistas tradicionales mientras un nuevo examen no nos haya convencido de que hay que abandonarlas, corregirlas o sustituirlas por otras que correspondan mejor a la experiencia ulterior y a las exigencias del movimiento revolucionario” (Castoriadis, Presentación de la revista Socialisme ou Barbarie, disponible en: http://www.fundanin.org/castoriadis9.htm El subrayado es mío ).

[17] No obstante, en la definición marxiana del “bonapartismo”, al identificar la fusión del Estado con el Capital en una “fuerza pública organizada para la esclavización social”  se esbozan las “bases sociopolíticas del espectáculo moderno”.

[18]Situación construida: Momento de la vida construido concreta y deliberadamente para la organización colectiva de un ambiente unitario y de un juego de acontecimientos”.
Situacionista: Todo lo relacionado con la teoría o la actividad práctica de la construcción de situaciones. El que se dedica a construir situaciones. Miembro de la Internacional situacionista” (Definiciones, IS nº1).

 

[19] Para los que sólo han conocido al Lyotard posmoderno convendría hacer una evaluación del Lyotard aún revolucionario de “¿Por qué filosofar?” y “Derivas a partir de Marx y Freud” (donde nos ofrece incluso una especie de “situacionismo” verbal en “Deseorevolución”. En la revista Socialisme ou Barbarie solía escribir análisis muy lúcidos sobre la situación en Argelia, planteando posiciones interesantes sobre la “cuestión colonial”. Por desgracia, la tan necesaria edición en español de todos los números de la revista no parece muy cercana.

[20] Y a diferencia de Lukács, Castoriadis cree que no es posible separar método de contenido (Castoriadis, “Marxismo y teoría revolucionaria”).

[21] El panorama actual no es muy distinto a lo que decía Dussel en 1990, al ir concluyendo su análisis de las cuatro redacciones de El Capital: “El segundo siglo de marxismo, que se ha iniciado hace poco, no podrá ignorar las cuatro redacciones de El capital, lo que permitirá una renovación que con seguridad se producirá después de la desaparición de la moda superficial del posmarxismo” (Dussel, 1990, p. 333). ¿Terminó ya esa moda? Varias señales parecen indicar que sí.

[22] Lukács decía que el marxismo era la “teoría de la revolución”, “expresión ideológica” del proletariado en lucha, pero ¿no tendría que haber desarrollado de todas formas, con o sin Karl Marx, el proletariado su propia teoría? Por otra parte, ¿hasta qué punto todas las teorías de la revolución desarrolladas a fines del siglo XIX y principios del XX no están aún profundamente impactadas (y determinadas) por las revoluciones burguesas?

[23] Al efecto, recomiendo consultar el folleto de Riesel sobre la organización consejista, donde trata de asnos a quienes insisten en la querella “anarquismo versus marxismo” (René Riesel, Preliminares sobre los consejos y la organización consejista, disponible en: www.sindominio.net/ash/is1205.htm). Por otra parte, Gilles Dauvé a señalado que “no estamos añadiendo bocaditos de Bakunin a grandes trozos de Marx (o viceversa). Semejante chapuza parecería un rompecabezas fuera de lugar. Únicamente estamos intentando valorar a Marx y a Bakunin como Marx y Bakunin tuvieron que valorar, por ejemplo, a Babeuf o a Fourier” (Dauvé, 2002).

 

[24]

“Cuando uso una palabra,” dijo Humpty Dumpty con un tono bastante soberbio, “esa palabra significa exactamente lo que yo quiero que signifique... ni más ni menos.”
“El tema es,” dijo Alicia, “si puedes hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.”
“Es tema es,” dijo Humpty Dumpty, “quién es el que maneja las palabras... nada más.”

 (Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas).

[25] Que se inicia con una cita de Historia y consciencia de clase: “La mercancía no puede ser comprendida en su esencia auténtica sino como categoría universal del ser social total. Solo en este contexto la reificación surgida de la relación mercantil adquiere una significación decisiva, tanto para la evolución objetiva de la sociedad como para la actitud de los hombres hacia ella, para la sumisión de su conciencia a las formas en que esa reificación se expresa...Esta sumisión se acrecienta aún por el hecho de que cuanto más aumentan la racionalización y mecanización del proceso de trabajo, más pierde la actividad del trabajador su carácter de actividad, para convertirse en actitud contemplativa”.

[26] Pioneras de esta forma serían Francia e Italia, caracterizadas por una débil tradición democrática, largos años de un partido en el poder, un fuerte rol sindical, político y cultural del estalinismo, y por haber tenido que enfrentar contestaciones revolucionarias surgidas de manera sorpresiva.

[27] Según cuenta Adorno, con Horkheimer hablaron en un primer momento  de “cultura de masas”, pero decidieron finalmente usar la expresión “industria cultural”, para evitar la impresión de que se trataría de “una cultura que brota espontáneamente de las masas”. Muy por el contrario, “en todos sus sectores son fabricados de modo más o menos planificado productos tallados para el consumo de masas y ese consumo está en gran medida determinado por estos mismos productos”. La industria cultural estaría integrada por distintos sectores, pero que constituyen un sistema “casi sin lagunas”, lo cual les resulta posible tanto por “los modernos instrumentos de la técnica, como por la concentración económica y administrativa”. La industria cultural “es la integración deliberada, por arriba, de sus consumidores”. Su efecto es  “anti-iluminista”, puesto que “impide la formación de individuos autónomos, independientes, capaces de juzgar y decidir conscientemente” (Adorno, Résumé sobre indústria cultural, 1963. Traducción propia desde el portugués).  

[28] La IS como “última vanguardia”, como grupo artístico, como arquitectura/urbanismo unitario, como padrinos del “punk” y/o baluartes de la contracultura, etc.

[29] Hacia 1846, cuando Marx y Engels planeaban dar a conocer en Alemania la literatura socialista utópica francesa e inglesa, Engels se refería así a la obra de Fourier: “Si nuestros seudocomunistas o profesores comunistas íntegros se molestasen siquiera en echar un vistazo a las principales obras de Fourier (…) ¡qué mina de materiales para sus construcciones y para otros usos encontrarían en ellas! ¡Qué muchedumbre de nuevas ideas –todavía hoy, a estas alturas, nuevas para Alemania- descubrirían! (…) Aunque no cabe duda de que la situación del proletariado constituye el punto fundamental, la crítica de la sociedad actual no se reduce a esto, ni mucho menos. Fourier, que apenas toca este punto más que en sus escritos posteriores, es la mejor demostración de que la sociedad existente puede condenarse como absolutamente mala sin necesidad de tocar ese punto y de cómo cabe llegar a la conclusión de que es necesario proceder a una reorganización de la sociedad simplemente mediante la crítica de la burguesía (…) Fourier es, hasta hoy, algo único en lo que se refiere a este aspecto de la crítica” (Engels, Un fragmento de Fourier sobre el comercio, 1846). En 1969 los situacionistas reinstalaron en la Plaza de Clichy una estatua de Fourier que había sido levantada en 1899 por sus seguidores y que desapareció en 1941 para ser fundida y servir a las necesidades de la guerra. Esta réplica exacta del original, en yeso pintado de bronce, duró menos de dos días y fue retirada por la policía. En el mismo sitio el año 2007 un colectivo de “artistas” instaló una obra que consiste en una escalera conducente a una especie de cabina telefónica transparente. A diferencia del homenaje situacionista, esta nueva acción -que nada tiene que ver con Fourier- ha sido tolerada por los agentes del orden (se puede ver esta nueva instalación aquí: http://www.ciudadluz.net/insolito/fourier.htm).  

 

 


Revisado el : 17-05-2010 00:58

   
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Disparadores

Túnez, Egipto, Libia... y lo[s] que vendrá[n]:

Derrota del poder estatal = espontaneidad insurreccional + soberanía asamblearia + ocupación de los edificios estatales + reapropiación de los medios de producción y distribución + autogestión del trabajo antimercantil + la multitud en armas = fin de la burguesía.

La multitud está en crisis, porque es la crisis del Capital. La multitud es la disolución de la sociedad modernista, de la comunidad organizada hegeliana, y del sistema de partidos. Su pobreza no es natural sino artificial, y su riqueza no le pertenece sino que la enajena. La multitud ya no tiene derechos que reclamar, porque es la negación de todos los derechos. La injusticia que padece es total, por eso no existe para ella justicia parcial. Su necesidad de libertad es absoluta, porque es la carencia de toda libertad. La multitud es el colapso de la sociedad del capital y de todas sus instituciones imaginarias y reales. La transformación social será radical, revolucionaria, porque el Multituriado no tiene nada que conservar. La multitud saldrá de su crisis, sólo si destituye por completo la sociedad de la mercancía. 

Colectivo Nuevo Proyecto Histórico

 
Pedagogía de la indignación.
 ¿cómo concluir este llamado a la indignación? diciendo todavía lo que, en ocasión del sexagésimo aniversario del programa del consejo nacional de la resistencia dijimos el 8 de marzo del 2004 -- somos veteranos de los movimientos de resistencia y fuerzas de combate de la francia libre (1940-1945) -- que ciertamente el nazismo fue derrotado, gracias al sacrificio de nuestros hermanos y hermanas de la resistencia  y a las naciones unidas contra la barbarie fascista. Nuestra ira contra la injusticia sigue intacta. Convoquemos una verdadera insurrección pacífica contra los medios de comunicación de masas que no propongan como horizonte para nuestra juventud otras cosas que no sean el consumo en masa, el desprecio hacia los más débiles y hacia la cultura, la amnesia generalizada y la competición excesiva de todos contra todos.
A todas las personas que harán el siglo XXI, les decimos con afecto: Crear es resistir; resistir es crear.

 Entrega inMediaTa de los MeDios y ExProPiación de PapeL Prensa: Ya son 34 años de afrenta contra la multitud, por parte de estos patrones beneficiarios y cómplices de los criminales castrenses. Por más de tres décadas, los medios oligopólicos, han tenido el poder para sostener el relato que le convenía al conjunto de los intereses de la clase burguesa del Capital. Primero, representado, por la última dictadura cívico militar, que vino a barrer con los revolucionarios para salvar a los patrones. Más luego, extendiendo sus privilegios, con la continuidad de la democracia tutelada por el sistema de partidos y, en particular, por el bipartidismo UCR+PJ. El Proceso [capitalista] de Reorganización [del trabajo] Nacional, iniciado por Videla y Cía, se prorrogó con el Capital-Parlamentario, que segmentó, pauperizó, precarizó y desempleó, a la mayoría de la clase condenada a trabajar. La República del Capital, ha sido, [y es], el garante de la profundización de la expoliación y la miseria de la mayoría, el genocidio con sufragio, la ruina de las conquistas obreras, la multimediatización de la comunicación, la mercantilización de la jubilación, el Capital-Sanitarismo y la educación privatizada. Colectivo Nuevo Proyecto Histórico

 
La Ver imagen en tamaño completoguerra civil se ha refugiado en todos, el Estado moderno ha puesto a cada cual en guerra contra sí mismo. El imperio, llevando a cabo su guerra a la guerra civil en todas partes, ha propagado en su lugar la hostilidad, aunque bajo el nombre de "economía". (Tiqqun)
 
 
Sindicocracia, corporación gremial, actualmente minoritaria y en decadencia. Representantes laborales, combatidos por el otro movimiento obrero que los detesta: el del obrero social, el general intellect y la multitud; los trabajadores con paga intermitente, pobreza con salario, los que sobreviven del autoempleo y los descartados del (des)empleo. Los añejos gremialistas y el arcaico sindicalismo, sea conservador o progresista, todos, son la negación de los intereses emancipatorios de la clase trabajadora.
Colectivo Nuevo Proyecto Histórico
 
 
Ante el réquiem civilizatorio de las sociedades del Capital, no hay  que darles la oportunidad a sus Politische Kommandos para que efectúen sus contragolpes económicos contratendenciales. De ser así, nos veremos en un tiempo, en pleno siglo XXI, con la reedición ampliada a escala universal del Infanteriado, el trabajo infantil del siglo XIX; mayor inseguridad de la vida del Precariado; largas jornadas por míseros salarios del Pobretariado como a comienzos del siglo XX; y la favelización planetaria y guerras de exterminio del Excedentariado. Fabricación de pandemias; territorios completos manejados como campos de concentración a cielo abierto; hambrunas y catástrofes de la naturaleza; el desarrollo del Capital-Terrorismo, con su sistemática tortura y desaparición forzada de personas en nombre de la preservación del Estado de Derecho; la extensión de los campamentos de refugiados multitudinarios; el apartheid de los migrantes; la expansión de fuerzas paramilitares cobijadas por el estado; la proliferación de la desublimación represiva; la mercantilización del genoma humano; la explosión de comportamientos psicopáticos; un aumento exponencial del subconsumo planetario de la multitud; y el burnout del cognitariado como regla y no como excepción; la multiplicación del Prole-Delito comandado por el Estado-Capital-Criminal; una epidemia de suicidios; la destrucción completa del Ecosistema y el síncope de la humanidad. Todo ello producto de la Subsunción Real y la estrategia contrarrestante del Capital ante el peligro de su collapse sistémico.(NPH )

 

 

Del Terrorismo

de Estado

Al Estado Terrorista

 

 

 

 

 
 
 
 

VioLenCia PoLíTica: DeL CaPiTal y de La MulTituD

 

 

 

“Mi hija no tenía armas. Si ella hubiera tenido una, era el tipo el que estaba muerto”.

Roxana Guerra, madre de la compañera fusilada en la Villa 31 por las balas del Capital, 21/8/09.

 

 No sólo nos solidarizamos con el dolor de Roxana, no sólo repudiamos el crimen, sino que justificamos las palabras de la madre. A diferencia del multimedio oligopólico que empezó su cuenta regresiva, y en cuyo periódico pone las palabras de la Sra. Guerra como la FRASE DEL DIA, para estigmatizarla y para justificar la teoría de los dos demonios, nosotras y nosotros apoyamos sus dichos. La PsicoPolítica de Clarín apunta a crear, algo así como, el siguiente sentido discursivo: - Está bien, a la piba la mató un prefecto, pero ella, con un arma hubiera hecho lo mismo, era una criminal en potencia y, como tal, mereció su Minority Report -. No hay caso, como dice la consigna: “Clarín, basura, vos sos la dictadura”.

 

 Clarín se irrita, porque producto de la lucha de la Multitud, desde el gobierno se ha puesto en circulación un debate soterrado, reprimido, indispensable, que es la relación entre Política y Violencia, Violencia y Política. La democracia como violencia política del Capital, y la política democrática como violencia de la Multitud.

 

Todo derecho, toda ley, todo orden, se basa en la violencia. Sea el ancien régime capitalista o el ordine nuovo comunista. La violencia funda la cultura. Claro, cuando la guerra social es la de los patrones la mass media la naturaliza, y cuando los corderos sacrificales se hartan de ir sumisos al matadero, los excomulgan del parnaso Capital-Democrático.

 

¡Basta!, ha llegado la hora de cuestionar, hasta la raíz, el orden democrático empresario. La violencia naturalizada de su economía política expoliadora y el Capital-Parlamentarismo como el genocidio con urnas. A estos fines, compañeras y compañeros, estará dedicada la nueva sección: “Violencia Política”.

 

“Es así que por tres décadas, entre bayonetas y papeletas, el hedor de los restos humanos no se llega a disipar. Porque sobre los huesos del pueblo de los ’70 y los ’80, los restos de la clase obrera de los ’90, y los cuerpos de la multitud a medio pudrirse desde el 2003, nuevas legiones de difuntos esperan su turno para impregnar la atmósfera con el olor a la carne descompuesta de los descartados. Fiel contracara de la pestilencia del dinero, haciendo del capitalismo un dispositivo social y racional, recurrentemente homicida”.
 

 

 Llegado el momento, ya sabrá la multitud acortar distancias contra los patrones y sus gerentes y rectificarse por haberse quedado a mitad de camino con el “¡Qué Se Vayan Todos!” Permitiendo que, de ese modo, prosiga contra ella la guerra social.

 

Tendremos que acostumbrarnos a ser los nuevos anormales, los bárbaros inclasificables, la multitud plebeya del posfordismo, las y los autónomos anticapitalistas. Pergeñar nuestra(s) estrategia(s), no olvidar jamás que estamos en guerra, que otro mundo es (im)posible en el capitalismo. Aprendamos de nuestra herencia, aquellos que, en parte, somos ahora. Y que lucharon ayer por los muertos que los precedieron, por las afrentas que sufrían, y por un futuro emancipado para nosotros. Nuestros hermanos de clase que, con sus victorias y derrotas, nos inspiran y reclaman estar atentos, pelear por no perder la administración autónoma de los planes sociales y evitar el avance del posfascismo; okupar tierras y empresas, resistir y producir. No renunciar jamás a los objetivos estratégicos, los únicos que pueden terminar con la actual guerra social: el autogobierno de los anónimos y la autogestión antimercantil generalizada; el fin de los privilegios y la república asamblearia de los comunes; la abolición del trabajo por dinero y con él la destrucción de todos los patrones; la fraternidad universal de los trabajadores contra el imperio mundial de la ganancia; el poder constituyente de la multitud y la abolición del mercado. Y digamos adiós a los olvidos, las ilusiones y las mentiras, que nos hacen creer que no estamos en guerra.

 

Colectivo Nuevo Proyecto Histórico

 


 

 

 

Crisis in THE MATRIX

 

El cyber-Capital frente al poder del general intellec


 
 
“La acumulación del  saber y de la destreza, de las fuerzas productivas generales del cerebro social, es absorbida así, con respecto al trabajo, por el capital y se presenta por ende como propiedad del capital, y más precisamente del capital fixe (..)  La maquinaria, pues, se presenta como la forma más adecuada del capital fixe y el capital fixe –en cuanto se considera al capital en su relación consigo mismo-  como la forma más adecuada del capital en general. Por otro parte, en la medida en que el capital fixe está inmovilizado en su existencia como valor de uso determinado, no corresponde al concepto del capital. (..) no es en el obrero sino en el capital donde está representado el trabajo generalmente social. (..) el trabajo vivo aparece subsumido bajo el objetivado, que opera de manera autónoma. (..) el proceso entero de producción (..) como aplicación tecnológica de la ciencia”.

Karl Marx.

 

“Hay algo de ficción en lo verdadero, y hay algo de verdad en la ficción. Para conocer la verdad hay que arriesgarlo todo”.

Animatrix.

 

“En Norteamérica, el salario se ha estancado pese a un fuerte aumento de la productividad, mientras que el déficit comercial ha llegado a nuevos récords. En el sector fabril se han perdido 1.8 millones de empleos. Antes de 1980, el empleo industrial aumentaba durante cada expansión y siempre superaba el máximo anterior. Entre 1980 y 2000, el empleo industrial siguió creciendo durante las expansiones, pero ya no recuperaba el pico previo. Esta vez, de hecho disminuyó durante la expansión, algo sin precedentes”.

Thomas Palley, 2/08.

 

“La política implementada ha alentado la reindustrialización del país, el trabajo digno, la inclusión social y la distribución equitativa de la riqueza”.

Unión Industrial Argentina (UIA), Comunicado de prensa, 19/2/08.

 

“Pasará, ya pasará, este espejismo pasará”.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

 

 

 

 

 

SYSTEM FAILURE_

 

Para la tendencia postfordista del Capital, como el conocimiento del general intellect es sobreabundante, vale poco. Y como todo tiempo de vida a devenido tiempo de trabajo, el Capital se apropia gratis de todo lazo social que excede lo estrictamente laboral. La vida misma es una jornada de trabajo, la fábrica es la sociedad y las relaciones sociales THE MATRIX_

 

El know-how como ciencia aplicada del intelecto general (máquinas, robots, internet), como capital fixe (fijo), ya está sobrevalorado como conocimiento histórico objetivado. Y agregarle más valor a la tecnología, plus-valorarlo -bajo su forma de Capital fixe-, resulta cada vez más costoso, porque el saber como valor inmaterial, cooperante y gratuito, ataca la capitalización del plustrabajo cognitivo. La cooperación del conocimiento, del inmaterialado como trabajo relacional extra empresario, resulta inmedible bajo las leyes del trabajo abstracto y el valor del tiempo de trabajo. Reglas de la reproducción del plusvalor que distinguía, en la jornada laboral fordista, entre el tiempo necesario para mantener con vida a la fuerza de trabajo y el derroche del tiempo excedente de trabajo para el lucro del Capital_

 

La autovalorización del Capital fijo, atenta contra la antagonía entre el salario y el plusvalor. Ante esta tendency de lo más avanzado del Capital postfordista universal (¡Cuidado, no únicamente de EE.UU. sino en todo el planeta!) the Global Empire of THE MATRIX contraataca, difuminando socialmente la ley secular de la explotación humana del Capital sobre todo tiempo y espacio de vida. Pero, a su vez, esto provoca la reducción de la tasa media de ganancia del Capital, que se desvaloriza, cuanto más productiva se vuelve la tecnología, es decir, cuanto menos trabajo precisa para ponerse en movimiento pero más para plus-capitalizarse, al mismo tiempo que desplegó y exasperó, onerosa y gratuitamente, toda la riqueza inmaterial del cerebro colectivo de la humanidad_

 

El capital fixe domina al hombre en tanto Capital, pero trabaja contra sí mismo en tanto que se autonomiza como tecnología. En cambio, el capital fijo, en tanto tecnología como valor para el uso anticapitalista de la multitud, libera al individuo del trabajo, desmantela la cosificación que domina al hombre, lo hace dueño colectivo de las cosas y servicios que crea y director de las nuevas relaciones sociales comunistas, lo emancipa universalmente del mercado y, desde luego, destruye a LA MATRIX como sociedad artificial del Capital creada por la raza humana.

 

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Colectivo NPH

Revolutions

 

 

“Mientras exista la Matrix la raza humana jamás será libre (..) Negar nuestros

impulsos, es negar lo mismísimo que nos convierte en humanos”.

The Matrix.

 

“Una idea es como un pájaro raro que no se puede ver. Lo que uno

 ve es el temblor de la rama que acaba de abandonar”.

Lawrence Durrell.

 

“La imprenta vale tanto como las armas”.

Simón Bolívar.

 

“Inclusive si no puedes ver algo, no significa que no esté allí. ¡Hasta la Victoria!”.

Pequeños Guerreros.

 

CONNECTION

 

Después de la aparición en el 2001, del primer territorio en la web del Colectivo Nuevo Proyecto Histórico, y el lanzamiento de NPH Recargado en 2005, tenemos el placer de convidarlos con NPH Revolutions.

 

Un espacio de aprendizaje mutuo. De lucha e imaginarios por el cambio social radical. Una interface con las urgencias del movimiento anticapitalista y su imprescindible reflexión.

 

Gracias a todas las compañeras y compañeros que, con sus aportes, hacen del site de NPH un colector de lo más avanzado de la praxis revolucionaria. 

 

La web es un campo en disputa. Un ágora universal donde millones en todo el planeta han decidido enfrentar, aún en inferioridad de condiciones materiales, al poder [des]informativo del Capital.

 

Gracias por los e-mail’s que nos mandan. Haciendo que cada resistencia tenga su propia voz, y que no sea mediatizada por el Partido Único del Capital, la mass media y los intelectuales del mandarinato académico.

 

No es que el imperio del Capital no esté en ningún lado, sino que está en todas partes, de igual modo que la desobediencia de la multitud. No se requiere que todas y todos vayamos a combatir a Chiapas, sino de hacer un nuevo Chiapas en cada lugar de lucha. Y en la posmodernidad, cada espacio de vida es un terreno en disputa.

 

Gracias a las y los que nos enlazan en sus territorios, y a los y las que nos envían sus pensamientos críticos.

Si el lenguaje del general intellect, si el simbolismo más común del animal humano se transforma en cifra mercantil, sobreviene Cyber-Capital. Exilar la palabra del cerebro universal, de la reproducción del signo como mercancía, resulta, en sí mismo, singularidad anticapitalista en movimiento.

 

Gracias a los movimientos, colectivos, organizaciones y personas insurgentes, que antagonizan al Capital que nos lleva al desastre EcoSocial en todo el planeta. Aquellos y aquellas que, aún en las peores circunstancias, se conectan y comunican creando redes fraternales de apoyo mutuo,

 

La otra izquierda, la izquierda autónoma, la izquierda por venir, tiene que salir del closet. Tiene que plantear[se] sin pudor la revolución. No hay proyecto poscivilizatorio contra el Capital sin cosmovisión anticapitalista.

 

Gracias a la generosidad de las y los que nos han invitado a realizar encuentros y seminarios, rondas y asambleas, foros y talleres, donde participar para profundizar la estrategia emancipante de la especie humana_ 

          

 

Características de NPH 3.0

 

* Mapa del sitio para una lectura global de la página

 

*Nuevas secciones: Primera Plana, Pedagogía  Militante, Denunciá a tú Patrón, Violencia Política, Elecciones 2008/9/10 y Frente Popular Darío Santillán (FPDS)

 

*Traductor automático

 

*Comentarios

 

*Disparadores y Galería de imágenes

 

*Novedades: que actualizan todo el material incorporado en cada sección de la página


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Colectivo Nuevo Proyecto Histórico

 

ReSalTaMos

(NPH)


Votaciones al inicio de una nueva década. Crece el rechazo a todos los partidos. Entre un tercio y la mitad de los electores repudia la política estatal. A diferencia de la modernidad, para salvar la democracia, los sufragantes no votan mayoritariamente candidatos carismáticos fascistas. La crisis de representantes es mucho más que eso, es la crisis del sistema representativo, postmoderno, Capital-Parlamentario, en su conjunto. La fuga de las urnas responde al sabio instinto antagonista de la multitud, que sabe, que nada cambiará a su favor, gane quien gane.

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Audio de Negri en Córdoba (11/11/2012)

Cba/Toni Negri charl...

 

                                            

 

 
 
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El Comité invisible es una tendencia de la subversión presente. Recientemente, varias personas fueron detenidas en Francia por el mero hecho de tener un ejemplar de este libro en su casa. Y lo más inaudito es que se les aplicó la ley antiterrorista.

 

Eduardo Feinmann: Un Policía con micrófono no es un periodista

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“(..) La adquisición de la mayoría de acciones de Papel Prensa por parte de Clarín, La Nación y La Razón (cuyas acciones fueron luego compradas por Clarín) junto con el Gobierno nacional fue algo en mi opinión muy deshonesto -entonces y ahora-. (..) Durante más años de los que recuerdo, la sociedad de ambos diarios en asociación con el Estado fue ferozmente criticada por la mayoría de los miembros de la Sociedad Interamericana de Prensa como totalmente sin escrúpulos y como una competencia injusta para los otros diarios argentinos. Recuerdo haber destacado durante una reunión de la SIP que en el caso de La Nación era como si el Vaticano decidiera abrir una clínica para abortos. (..) En el momento en que el gobierno militar dio su aprobación para la compra de Papel Prensa pensé que era un soborno para que los tres diarios garantizaran su cooperación en el encubrimiento del plan de los militares de exterminar a todo aquel considerado “subversivo” haciéndolo “desaparecer”. En otras palabras, todo aquel contrario a los militares corría el riesgo de ser secuestrado, torturado de forma rutinaria y asesinado luego. Los cuerpos debían ser hechos desaparecer por distintos medios. El objetivo era no dejar huellas de los restos humanos. (..) cuando me enteré de las barbaridades infligidas a Lidia Papaleo a través de una declaración que ella hizo durante una reunión del directorio de Papel Prensa, que no fue debidamente informada por La Nación y, por lo que sé, tampoco reproducida por Clarín . Ella difundió luego una carta detallada contando todo lo que tuvo que vivir. (..) “.

 

Robert Cox, Buenos Aires Herald, 12/9/10.

Queremos a Magneto p...

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Ni Perdón ni Olvido
Francisco De Narváez
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