AYER Argentina, HOY España, MAÑANA de nuevo Argentina: ¡QUE SE VAYAN TODOS!
¡Chau Clarín!
:: Crimen de Mariano Ferreyra : Pedraza asesina y
Cristina impuniza(NPH)
“Cuando
los hombres del pueblo o quienes tienen obligación de servirlo en vez de buscar
la felicidad del pueblo lo traicionan.También tengo para ellos una palabra dura y amarga en este mensaje de mis
verdades. Yo los he visto marearse por las alturas. Dirigentes obreros
entregados a los amos de la oligarquía por una sonrisa, por un banquete o por
unas monedas. Los denuncio como traidores entre la inmensa masa de trabajadores
de mi pueblo y de todos los pueblos. Hay que cuidarse de ellos: son los peores
enemigos del pueblo porque han renegado de nuestra raza. Sufrieron con nosotros
pero se olvidaron de nuestro dolor para gozar la vida sonriente que nosotros
les dimos otorgándoles una jerarquía sindical. Conocieron el mundo de la
mentira, de la riqueza, de la vanidad y en vez de pelear ante ellos por
nosotros, por nuestra dura y amarga verdad, se entregaron. No volverán jamás,
pero si alguna vez volviesen habría que sellarles la frente con el signo
infamante de la traición”.
"Aunque yo fui testigo
de este periodo de “prosperidad sin precedentes”, también experimenté la Gran
Depresión entre las dos guerras mundiales.
Los gobiernos aplicaron las sugerencias de
Keynes para garantizar en alguna medida la estabilidad social y económica en
sus países. Como estos experimentos resultaron exitosos, se convirtió en un slogan
el proclamar que “ahora todos somos keynesianos”.
Este libro no se presenta como
una narración consecutiva; varias de sus
partes fueron escritas en diferentes ocasiones y distintas épocas. Todas
sus partes son necesarias y todas ellas
se refieren al tema único de la economía mixta y a las diferencias entre Keynes
y Marx". Paul Mattick.
Prólogo*
El desarrollo del capitalismo es
inseparable de las crisis: esta ley
se confirma empíricamente de vez en cuando. A pesar del retorno de las crisis la economía burguesa no ha propuesto,
hasta hoy, ninguna teoría que se adapte a la realidad. La razón es que el punto
teórico del que parte es en si mismo erróneo. La teoría capitalista, en efecto,
partía de la idea errónea de que la producción estaba subordinada al consumo
y que, por consiguiente, la oferta y la demanda se adaptarían en el mercado.
Aunque se reconocía que este mecanismo de ajuste podía verse interrumpido
debido a sobreproducciones parciales, se estaba convencido de que el mecanismo
del mercado resolvería, de modo espontáneo, estas discordancias. La teoría del
mercado, como la teoría del equilibrio a partir del cual la oferta condiciona
la demanda y viceversa, todavía está vigente aunque reformulada de distinta
manera. En la teoría neoclásica de la utilidad marginal**,
que se fundamenta en principios psicológicos, se trata simplemente de anunciar
de nuevo la vieja teoría de la oferta y de la demanda, que había permanecido
intacta hasta 1936. En primer lugar, hay que afirmar que en modo alguno debe ponerse en duda la realidad de las crisis actuales.
Pero, para explicarlas, se ha supuesto que ellas provenían del exterior del
sistema, y que podían ser superadas gracias a la intervención de mecanismos
de equilibrio automáticos. La existencia de las crisis no era un hecho inmanente
del propio sistema y, por consiguiente, tampoco era una realidad que debiera
someterse a la investigación teórica. No es necesario insistir en este punto.
Yo insistiré únicamente en que la teoría neoclásica del equilibrio de modo
particular bajo su formulación matemática, ha sido considerada como el jalón a
partir del cual la economía política se transformó en ciencia, óptica a partir
de la cual fue despojada de su carácter histórico. En todo caso se desarrollaba
en unos niveles de abstracción que le daban un carácter puramente ideológico y
le despojaba de toda su posibilidad de aplicación práctica. Su función
ideológica se esfumó, por la fuerza de las cosas, cuando estalló la gran crisis del 29 que hizo perder la
confianza en los mecanismos de equilibrio del mercado.
La primera
gran crisis de la teoría económica capitalista ha sido, pues, la consecuencia
de una crisis real, duradera y profunda. Si no hubiera estallado, la teoría del
equilibrio habría conservado probablemente su formulación neoclásica. Pero el
contraste entre la teoría y la realidad era demasiado evidente por lo que se
hizo necesario adaptar la antigua teoría a la nueva situación. Esta adaptación,
que entró en la historia de las ideas con el nombre de “revolución keynesiana” no hace otra cosa sino tomar nuevamente la
antigua teoría del mercado, con la diferencia de que ya no se supone la
existencia de la acción eficaz de un mecanismo de equilibrio que opera de modo
espontáneo, sino que se habla en su lugar de un equilibrio establecido conscientemente, con la finalidad de aportar
una salida a la crisis.
La teoría de Keynes es tan estática como
la neoclásica y se
fundamenta, como ella, en un imaginario mecanismo de equilibrio. Pero ella
añade como elemento nuevo que las modificaciones que conoce el mundo
capitalista dificultan cada vez más la posibilidad de mantener el equilibrio
únicamente a través del mercado. Partiendo de la antigua concepción de que el
consumo determina la producción, basta que aquél se retrase algo en relación a
ésta para que las inversiones resulten cada vez menos rentables y que, por
consiguiente, lleguen a desaparecer. La relativa saturación del consumo, que se
expresa a partir de una demanda insuficiente, llevaría consigo una disminución
de las inversiones y, por consiguiente, un aumento del paro. Para reequilibrar nuevamente consumo y
producción, oferta y demanda, sería necesario elevar el nivel de consumo
mediante el “consumo público” y multiplicar las inversiones mediante
“inversiones públicas” a cargo del Estado. La política monetaria y fiscal del
Estado sería, por consiguiente, el instrumento adecuado, capaz de actuar de
manera positiva no sólo sobre la economía en su conjunto sino también sobre la
rentabilidad del capital privado.
Esta teoría
traducía una necesidad política, una reacción a las consecuencias sociales de
la crisis. Pero era considerada asimismo como un recurso susceptible de
facilitar el paso a una nueva coyuntura. Al mismo tiempo que se presentaba como
una teoría general, no hacía otra cosa que tomar como punto de referencia la
situación específica de la Gran Crisis, para conjurar, en primer lugar, cualquier riesgo de suceso revolucionario.
Las propuestas de intervención estatales en la economía iban destinadas a
evitar los peligros de un paro masivo pero también a incitar nuevas inversiones
privadas, por lo que las intervenciones
del Estado continúan sirviendo al capital. Se trataba de lograr lo que se
llama el efecto multiplicador de las
nuevas inversiones, o sea la hipótesis de que las inversiones efectuadas en
una rama de la producción inducen otras en otras ramas. Tal proceso, comparable
al de la velocidad de rotación del
dinero en circulación, compensaría la falta de rentabilidad de los gastos
públicos mediante la elevación de la rentabilidad de la economía privada. Es
totalmente exacto, por descontado, que nuevas
inversiones cuando no están compensadas simultáneamente por otros retraimientos
de inversiones, tienen como consecuencia el estímulo de la vida económica y la disminución del paro, tanto si son
obra del Estado como del capital privado. El aumento de los gastos del Estado,
propuesto por Keynes, incluso si su financiación se basa en el déficit
presupuestario, tiene pues este efecto estimulante, tal como quedó
confirmado con el éxito obtenido gracias
a este modelo por parte del programa de
creación de empleos del régimen hitleriano, al igual que el logrado con el New Deal americano. Tales éxitos
sólo se entendían, sin embargo, en el contexto de la teoría abstracta y errónea
del equilibrio; nada tenían que ver con
las exigencias de la producción capitalista. Para ésta, no se trata en modo
alguno de asegurar el equilibrio entre la oferta y la demanda, la producción y
el consumo, sino únicamente de producir
beneficios y de asegurar la valoración del capital existente y su acumulación.
Un capital concreto que exista en forma
de dinero debe, para satisfacer las exigencias de la producción
capitalista, transformarse en una
cantidad superior de capital a través del ciclo de la reproducción. En el
capitalismo, toda producción que no proporciona ningún tipo de plusvalía es
producción sin acumulación y contradice el movimiento del capital.
Una
producción que no está hecha en vistas de la creación de plusvalía choca, en el
capitalismo, contra ciertos límites. Desde siempre el Estado toma en carga una parte de la producción social, la que
asegura los equipamientos públicos indispensables al sistema (la
infraestructura). Además ha monopolizado, en muchos países, una parte de la
producción global y se sitúa así entre los empresarios productores de
plusvalía. Toda una parte de la producción social es, por consiguiente,
asumida por el Estado, a distintos niveles.
Pero en general es el capital privado quien asegura la mayor parte de la
producción social y determina sus características y su desarrollo. La
creciente importancia de la producción viene determinada por la acumulación del
capital global, es decir del capital privado; no tiene nada que ver con la lucha contra las crisis mediante el
aumento de los gastos públicos, se trata al contrario de un fenómeno secundario
que acompaña siempre el desarrollo capitalista. Las políticas de equilibrio
económico del Estado no representan nada más que intervenciones suplementarias
en la economía, que sobrepasan los gastos habitualmente necesarios; es una
producción inducida por el Estado para reactivar la producción social global.
En los remedios keynesianos contra las
crisis, no se trata en modo alguno de restringir el capital privado en provecho
del sector del Estado, sino más
bien de multiplicar la demanda global en el marco de la producción de capital.
Ya que la demanda, según esta teoría,
depende del consumo y que este es insuficiente para asegurar el pleno empleo,
hay que ampliarlo incrementando el “consumo público” que no es suscitado por el
mercado. Para no debilitar todavía más la demanda presente en el mercado y
ya insuficiente, sin que por ello entre
en competencia con el capital privado, el estado debe limitar la producción
inducida en el “consumo público”, es decir en los trabajos públicos, en la
producción de armamento, en la investigación espacial y en otros campos
semejantes.
El capital, para comportarse como tal,
debe acumularse, es decir, añadir una parte de la plusvalía producida sobre la
cantidad de capital ya existente. Desde este punto de vista, cualquier
aumento del consumo, tanto si es público como privado, disminuye la cantidad de
plusvalía disponible para la acumulación. Lo que es consumido no puede ser
acumulado, es decir transformado en instrumentos de producción y en fuerza de
trabajo que permita aumentar el provecho y el capital. De todos modos la política
de Keynes correspondía a una situación transitoria, en la que un simple aumento de la
producción genera un clima económico que incita al capital privado a también
invertir. Este suplemento de producción privada para el mercado debería
provocar una expansión donde la
producción inducida por el Estado e incapaz de producir ningún beneficio sería
compensada por el aumento de la masa de beneficio en la producción privada. Los
déficits de la producción inducida por el Estado serían, en aquel momento, anulados por los nuevos beneficios.
Pero si no sucede así, la producción
suscitada por el Estado representa un aumento de la deuda pública, una
acumulación de deudas privadas sobre el Estado.Si el Estado aumenta los
impuestos para poder cubrir los gastos públicos destinados a estimular la
demanda, por un lado disminuye
simultáneamente las posibilidades de acumulación ya reducidas del capital
privado y, por otro lado, simplemente
desplaza la demanda del sector privado hacia el sector público, sin
modificar en modo alguno el volumen de la demanda global. Para aumentarla hay que recurrir al financiamiento
mediante el déficit presupuestario, con la extensión del crédito de Estado.
Pero como la producción se encuentra reducida por la disminución e incluso por
el paro total de la acumulación, no sólo las capacidades productivas permanecen
sin emplear, sino incluso el
capital-dinero ya que no puede ser nuevamente invertido de manera rentable y no
permite el paso de la forma dinero a la forma capital. Este capital inerte
en forma de dinero, el Estado puede obtenerlo del capital privado, hasta el
punto de hacer subir sus gastos por encima de las posibilidades impositivas. Estos empréstitos de Estado constituyen el
financiamiento mediante déficit presupuestario de los gastos públicos.
Aunque permita aumentar la producción, no
aumenta la producción de beneficio. Si llegara el caso, los poseedores de
capital invertirían ellos mismos su dinero desempleado. Si se recurre a la producción realizada por el Estado, es sencillamente
para aumentar la producción sin consideración de rentabilidad.
A pesar de
que las inversiones del Estado tengan como efecto ampliar la producción global, la masa de plusvalía adquirida por el
capital privado permanece inferior al aumento de la producción, de manera
que la producción global tiene a su disposición una masa de beneficio
relativamente disminuida, con tendencia a
mayor disminución a medida que se amplía la producción inducida por el Estado e
improductiva de beneficios.Si el
Estado pide prestado el dinero no empleado del capital privado, es necesario que le pague un interés. Ya
que la producción inducida por el Estado no produce ningún tipo de beneficio,
tampoco puede cubrir ningún interés, ya que éste corresponde a una parte de
los beneficios. Este interés, por
consiguiente, debe ser cubierto sea por
los impuestos o sea por otros empréstitos del Estado. Por consiguiente, no
sólo la producción no crea beneficios, sino que el reembolso de las deudas del
Estado que han facilitado esta producción complementaria tiene que ser cubierta
por el sector privado. Pero como las
deudas del Estado pueden ser siempre nuevamente consolidadas, desde un
punto de vista práctico sólo son los
intereses los que gravan los empréstitos del Estado, de manera que el
aumento de la producción representa un
aumento de la deuda públicaque no
encuentra ningún tipo de trabas a condición de que la producción global aumente
más rápidamente que la carga de intereses que ella misma genera.
Sin
embargo, de lo que se trata en el caso del aumento
de la deuda pública, es de una destrucción del capital, porque no puede
generar ninguna producción capitalista, es decir capaz de producir beneficios.
Pongamos un ejemplo: durante la Segunda Guerra Mundial, la deuda pública de
Estados Unidos alcanzó 300 mil millones de dólares, que sólo existían
teóricamente en los títulos de empréstito. El equivalente a esta suma fue
utilizado durante la guerra, en cierta manera “consumido”, y, por consiguiente,
desapareció. Una plusvalía, recogida en una época anterior y que permanecía sin
emplear como capital, se había transformado en gastos militares y, de este
modo, se había evaporado. Detrás de la
deuda pública, no queda sino la posibilidad que siempre tiene el Estado de
aumentar los impuestos y lanzar nuevas emisiones de endeudamiento. A pesar
de que el equivalente de la deuda del Estado, es decir los gastos militares,
pertenezcan al pasado, el Estado
deberá todavía pagar los intereses y, de manera simultánea, intentar librarse de su deuda, cosa que
sólo es posible si el capital privado amasa nuevos beneficios y en proporción
creciente.
Pero, dado
el hecho de que la tendencia a la baja
en el índice de beneficios es inseparable del desarrollo del capital, cada vez es más difícil encontrar una
solución al problema del endeudamiento del Estado provocado por los gastos
públicos a cuenta del déficit presupuestario. Esta es la razón por la que
el endeudamiento del Estado nunca es prorrogado sino simplemente anulado –como
por ejemplo en Alemania durante 1923– debido a una inflación galopante. La ampliación desmesurada de la deuda
pública ya constituye por si misma una especie de expropiación del capital
privado, e incluso es posible leer
la expropiación rampante del capital en el índice de endeudamiento del Estado,
que impide la prosecución de la acumulación. Pero esto sólo es válido
cuando el capital se encuentra efectivamente en una situación de crisis
permanente, acompañada de un continuado aumento de gastos públicos. Si evocamos esta posibilidad es
simplemente para indicar que cuando se
lucha contra la crisis mediante el gasto público, se tropieza con limitaciones
totalmente determinadas, que no pueden ser franqueadas sin poner en peligro al
propio capital. Si llegara a instalarse una crisis duradera, se
llegaría a constatar, durante su curso, que la intervención del Estado, aunque
estimulara la economía en un momento inmediato, sólo lo logra mediante el
precio de la destrucción a largo término del capital privado.
Para
disipar ciertos malentendidos, es necesario hacer hincapié en el hecho de que
esto sólo es exacto desde un punto de vista global. Para el capital privado que
logra acrecentar su producción gracias al gasto público, esta producción
inducida complementaria es muy beneficiosa. Pero la plusvalía o el beneficio,
que se encamina hacia estos capitales particulares, no se realiza en modo
alguno por la producción global regida por el mercado sino que proviene de la
plusvalía producida en períodos anteriores, que ya existía, no producida en
aquel momento. En otras palabras, estos capitales “realizan” sus beneficios a
partir del capital-dinero no empleado que les atribuye el Estado mediante sus
inversiones. Las ganancias realizadas por cualquier capital concreto favorecido
significan una pérdida para el capital global, una utilización del
capital-dinero acumulado. Es este capital-dinero no empleado el que reinicia el
movimiento de los medios de producción y de las fuerzas de trabajo
inmovilizadas, y su volumen fija los límites de este crecimiento de la
producción.Desde el
momento en que la ampliación de crédito mediante capital no empleado se agota,
un nuevo aumento del gasto público sólo es posible mediante una clara inflación, gracias
a la creación de dinero y su posterior devaluación. Si el financiamiento por déficit
presupuestario mediante empréstitos de Estado ya es un proceso inflacionista, este proceso permanece limitado y
controlable, mientras que la pura y simple inflación de billetes de banco no
encuentra ningún límite objetivo.
Es inevitable que el crecimiento continuo
de un sector de la economía no productor de beneficio ponga al final en crisis
al propio sistema de producción capitalista. Por este motivo, el
mantenimiento de un cierto nivel de producción y de empleo deseado, no puede
ser otra cosa que una posibilidad transitoria, un remedio que –tarde o
temprano– será desechado por una nueva
coyuntura del capital privado. Puesto que el Estado es el del capital privado, lapolítica anticrisis que
pone en pie mediante la financiación de gastos públicos subvencionados por el
déficit presupuestario encuentra un término cuando su propia extensión la
transforma de momentáneo elemento de estabilización económica en algo
contrario, un factor agravante de la crisis. Desde aquel momento, se impone
nuevamente la antigua ley de las crisis.
Para tratar
ahora de los problemas económicos de hoy en día, es necesario constatar en
primer lugar que las grandes crisis de nuestro siglo, a diferencia de las del
siglo XIX, no se han superado gracias a medidas “puramente económicas”. Durante
el siglo pasado todo el mundo se adaptaba a las consecuencias de la crisis y de
la recesión sin intentar atenuarlas o superarlas con intervenciones
deliberadas. La primera gran crisis del siglo XX llegó durante la Primera
Guerra Mundial, cosa que no significa, en modo alguno, que la guerra fuera
consecuencia de la crisis, sino simplemente que la situación de crisis
preexistía y que si no se la reconoció como tal, fue porque la guerra
imperialista le dio otro aspecto. La
crisis de 1929, nacida en América, alcanzó a todo el mundo, y tanto más
debido al hecho de que las naciones europeas todavía no habían podido desasirse
totalmente de la crisis anterior. La situación de crisis declarada por la
Primera Guerra Mundial se prolongó en una crisis de posguerra, a pesar de las
fluctuaciones con que se manifestó la recesión. Pero no se logró encontrar de
nuevo una progresión de la acumulación. El
relativo estancamiento de la economía europea no podía sino poner trabas a su
vez a la prosperidad que el capital americano conoció después de la guerra.
La economía americana, en principio, había conocido un impulso poderoso, aunque
insuficiente para arrastrar al conjunto de la economía mundial. Cuando la prosperidad americana naufragó,
llegó la crisis mundial.
Fue
entonces cuando Keynes elaboró las modificaciones de la teoría neoclásica (que
ya había encontrado anticipaciones prácticas en distintos países donde los Gobiernos
habían intervenido en la marcha económica). Pero estas intervenciones no habían
significado ningún éxito notable, y esta fue la causa que explica que la
aportación de Keynes a la teoría clásica del mercado tardara en imponerse. Por
otra parte, es exacto que la política
armamentística de Hitler financiada con el déficit presupuestario y otros
medios logró detener el paro. Pero los mismos factores que comportaban este
resultado agravaban simultáneamente la
crisis hasta el punto de no permitir otra elección final que una descomposición
más total de la economía–a pesar de
la intervención del Estado– y una solución imperialista violenta, es decir la
guerra.El capital alemán jugó la
carta de la guerra, para hacer pagar a los otros países el salvamento de su
propia economía.En los Estados
Unidos gracias al New Deal (que
aunque nada debía a las ideas de Keynes, sin embargo respetaba sus principios
teóricos) el paro descendió de 15 millones a 8 millones de personas. Pero, hacia 1937, parecía que se habían agotado
todos los medios de lucha contra la crisis. Fue necesario el esfuerzo de
armamento cara a la Segunda Guerra Mundial, realizado al finalizar la
guerra española, para que el paro pudiera todavía reducirse más. Sólo la guerra permitió el pleno empleo,
tanto en América como en los demás países beligerantes. El programa de Keynes
encontraba su realización en la producción de guerra, es decir, en condiciones
que excluían la acumulación. Por ejemplo, en Estados Unidos, el índice de
acumulación descendió por debajo del 1%, de manera que el capital sólo
alcanzaba para reproducirse. Casi la mitad de la producción total fue utilizada
para fines militares, y lo que se destruye en la guerra no puede servir para la
acumulación. El pleno empleo estuvo pues acompañado de una reducida acumulación
capitalista a nivel cero; en otras palabras, una producción que sólo era
capitalista en sus principios teóricos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el
capital internacional conoció un relanzamiento inesperado, y que no cuadraba con las teorías de
Keynes.
Según
éstas, el punto de referencia era una situación de estancamiento económico que
podía remediarse gracias al aumento de la demanda pública. Sin embargo, los
teóricos de inspiración keynesiana vieron en el relanzamiento general de la
economía la confirmación de sus ideas. Cosa que no correspondía a su manera de
pensar. En realidad este relanzamiento,
como los precedentes, era consecuencia de la crisis que lo había precedido.
El estancamiento del capital europeo entre las dos guerras mundiales y la enorme destrucción de capital, tanto
bajo su forma de valor como bajo su forma física, realizada por la guerra, comportaron una modificación general de la
estructura del capital que permitió
elevar los beneficios en relación a un capital disminuido, hasta un nivel suficiente para asegurar un
relanzamiento de la acumulación. El
secreto de la alta coyuntura de la posguerra, es la destrucción del capital por
la guerra y la crisis. No son los métodos keynesianos de orientación de la
actividad económica, sino los propios mecanismos de crisis de acumulación del
capital, los que explican este relanzamiento.
Desde un
punto de vista marxista, este relanzamiento no tenía nada de sorprendente. El índice medio de beneficio, y por
consiguiente el índice de acumulación del capital, depende siempre de la
situación del capital global o, en términos marxistas, de la composición
orgánica del capital. La destrucción del capital, asociada a una
elevación de la productividad del trabajo, puede engendrar un índice de
beneficio que permita pasar de la recesión a una nueva fase de prosperidad. Es
así como se realiza la acumulación del capital a pesar de la crisis y gracias a
ella, siempre que el beneficio
corresponda a las exigencias de la acumulación. La reorganización de conjunto
del capital condujo a un relanzamiento. Se hubiera podido pensar que la
adaptación del beneficio a la acumulación estaba objetivamente excluida; pero
una efectiva reactivación económica confirma que no fue este el caso.
Es el mecanismo
de las crisis del capital, y no la manipulación keynesiana de la economía, lo
que explica la duración de la coyuntura favorable durante los años de la
posguerra. Por otra parte, esta reactivación no estuvo exenta de contragolpes,
porque afectó a modo muy diverso a los distintos países.
En muchos
países, y de manera muy particular en Estados Unidos, el Estado intervino
constantemente en la actividad económica, mediante el camino de la política
monetaria y fiscal, para poner remedio a las recesiones que venían incluso
durante el periodo de relanzamiento. La prosecución de la política imperialista
supuso la exclusión de cualquier tipo de reducción de los gastos del Estado
improductivos destinados a fines militares, e impuso el mantenimiento y la
extensión del sector no rentable de la producción global. Sin embargo, la
expansión del capital era bastante importante para provocar un relanzamiento
general, en el que la parte de la producción inducida del Estado disminuía
proporcionalmente a pesar de continuar siendo un elemento significativo de la
producción global. El mantenimiento en tales condiciones de lo que era
considerado como una situación de prosperidad capitalista, provocó el nacimiento
de una ilusión por la que se pensaba que se había logrado finalmente poner
término a las cíclicas crisis del capital, gracias a los métodos de Keynes. La era de las crisis parecía superada
para siempre, porque se creía poder establecer, mediante la intervención
central en el funcionamiento económico, un equilibrio entre la oferta y la
demanda asociado al pleno empleo. La
aparente posibilidad de regulación económica del mercado por parte del Estado,
con el consiguiente desarrollo sin crisis que permitía, impresionó incluso al
campo anticapitalista, hasta el punto que se quisieron asociar las ideas
marxistas a las de Keynes, y que se dijo que se iniciaba un nuevo período de
desarrollo capitalista incapaz de ser explicado por la ley de las crisis de
Marx. Basta pensar en personas como Marcuse,
Baran y Sweezy, para darse cuenta hasta que punto influyeron las nuevas
ilusiones capitalistas en aquellos que se consideraban sus críticos.
En el paso realizado por Keynes de lo
que se llama de la microeconomía a la macroeconomía, es decir la toma en consideración de
los problemas sociales antes olvidados, todavía hay algo de estático, porque no
se considera el desarrollo del capital; pero la elaboración de la teoría de
Keynes ha supuesto muchas tentativas para darle un carácter dinámico o, si se
prefiere, para profundizar sobre las leyes del desarrollo y del movimiento del
capital. Si esto se pudiera considerar un programa para la economía política
burguesa, tal progreso no sería sino volver nuevamente a los clásicos de la
economía política, y de modo muy particular – aunque sin citarla– a la teoría
marxista del desarrollo capitalista.
Se
reconocían ahora las dificultades inherentes al desarrollo capitalista y, por
consiguiente, la tendencia a perturbar incesantemente el equilibrio
anteriormente alcanzado. Pero ello era para llegar a la conclusión de que las contradicciones inmanentes del
sistema se podían suprimir mediante una intervención durable y planificada del
Estado. En el lenguaje de la apologética capitalista, como el que empleaba
por ejemplo Samuelson, el desarrollo del capital concebido como
“crecimiento”,
tendía ciertamente a la inestabilidad, pero ésta podía ser eliminada mediante
la orientación de la economía, del mismo modo que una bicicleta cae al suelo si
se la deja sola, pero permanece en equilibrio cuando está montada por un
ciclista. Esta concepción optimista fue casi el patrimonio de la teoría
económica burguesa.
¿Qué fue lo que pasó realmente? Repitámoslo todavía otra vez: la guerra había destruido hasta tal punto
la economía europea y japonesa, que la resurrección no podía ser considerada de
otro modo que como un proceso muy lento.
Simultáneamente
a las fuerzas productivas, el capital había también desarrollado las fuerzas
destructivas, que habían alcanzado mucho más gravemente a los países
comprometidos en la guerra que no durante la anterior contienda mundial del 14.
Además de las consideraciones políticas suscitadas por un nuevo adversario, el
imperialismo soviético, también había razones propiamente económicas para incitar al capital americano a acelerar la
reconstrucción del capital occidental, mediante empréstitos y el Plan Marshall.
Con ello, no sólo se lograba beneficiar directamente a los que obtenían la
ayuda americana sino también a la propia economía americana, porque la importación de capital por los otros países
se traducía, necesariamente, en exportación de mercancías americanas. De
esta manera, la vida económica se reanimaba por ambas partes, tanto en los
países importadores de capital como en los exportadores de mercancías. La
destrucción de los valores capitalistas en Europa y Japón, la anulación de las deudas mediante las devaluaciones, las
aplicaciones de nuevas tecnologías y de nuevos métodos de producción, asociadas
a un índice de explotación elevado debido a la penuria provocada por la
guerra, todo ello permitió índices de
beneficios y un índice de acumulación que se elevó a casi el 25% de la
producción global. Fue precisamente este índice de acumulación excepcional,
unido a circunstancias particulares, el que entró en la historia con el nombre
de “milagro económico” y que mejoró
progresivamente el grado de competitividad de Europa y Japón en el mercado
mundial.
Como
contrapartida, la economía americana se caracteriza por un índice de
acumulación muy bajo, que se mantuvo por debajo de sus promedios históricos
durante toda la posguerra, sin superar nunca el 3 ó el 3,5%. Precisamente
debido al hecho de que el capital
americano estaba alcanzado por la sobreacumulación (con lo que no era posible que los beneficios
correspondieran a las necesidades de valoración del capital), la posibilidad de exportarlos hacia otros
países permitía asociarlos al auge que conocían los países en reconstrucción.
A este factor hay que añadir también los nuevos compromisos imperialistas a
escala planetaria, interviniendo en los
desarrollos políticos asiáticos (guerras de Corea y de Indochina). La
exportación de capital, y los gastos unidos a las expediciones imperialistas
que exigían anualmente de 20 a 25 mil millones de dólares, excluían una
disminución del presupuesto del Estado e imponían la financiación de la
política extranjera imperialista mediante métodos inflacionistas, ya que el
índice de beneficios era relativamente bajo. La adopción del dólar como referencia internacional y unidad monetaria
de reserva permitió al capital americano, acelerando la creación de moneda, no
sólo el penetrar profundamente en la economía europea, sino también de
manera simultánea estimular la
producción americana gracias a la producción inducida por el Estado. Sin
alcanzar el pleno empleo, el elevado índice de empleo provocó esta ilusión de
un desarrollo capitalista exento de crisis, tal como decíamos antes. Sin
esta producción inducida por el Estado, el número de parados hubiera sido mucho
más elevada de lo que fue, porque el índice de acumulación no permitía
conseguir el pleno empleo. Pero, incluso durante los últimos años de la guerra
de Indochina, la capacidad de producción americana sólo se empleaba en un 86% y
el desempleo oscilaba entre el 4,5 y el 5% de la población activa. Por
consiguiente, el período de posguerra fue muy distinto en Estados Unidos y en
Europa y Japón, y la reactivación general de este período llevaba consigo ya el
germen de la destrucción, que se manifestaba anticipadamente en la diversidad
de condiciones de acumulación propias de cada país capitalista. Pero como América casi aseguraba la mitad
de la producción mundial, el relativo estancamiento del capital americano era
el índice de una rentabilidad insuficiente en relación de las exigencias de
beneficio del capital mundial, aunque
esta podía quedar enmascarada durante mucho tiempo mediante la adopción de
manipulaciones monetarias y políticas de crédito, capaces de hinchar los
beneficios. La prosperidad se acompañaba de una “inacción rampante”.
Dado que la
intervención del Estado en la economía descansa, en lo que se refiere a la
extensión de la producción, en la
capacidad del Estado para ofrecer un sentido de respuesta, esta intervención
tiene una eficacia análoga a la creación de crédito en el sector privado. En
la teoría de Marx, pero también en las teorías burguesas, un desarrollo
excepcional del crédito siempre ha anunciado una crisis próxima, ya que es
signo de una competencia más dura para un margen de beneficio en manifiesta
disminución,cosa que conduce a una concentración y
centralización más exageradas del capital. Los trusts capitalistas se esfuerzan
cada uno en obtener una parte más importante del beneficio social global,
ampliando su producción y bajando sus precios gracias al crédito -con lo
que se agrava la sobreacumulación de
capital que ya se manifestaba en la penuria de beneficios-. A pesar de
todo, el primer efecto de la extensión del crédito, en la medida en
que multiplica efectivamente la producción, consiste en retrasar el estallido
de la crisis. La actividad
económica es más intensa de lo que sería sin esta extensión. Pero la multiplicación de la producción no
significa necesariamente la de los beneficios globales.Basta que la relación entre el índice de
explotación y la estructura del capital global sea la misma, retrasando
momentáneamente la crisis, parapreparar
una crisis más profunda todavía, así que la prosperidad provocada mediante
el crédito se demuestre ilusoria. Una extensión demasiado rápida del crédito,
que encuentra tarde o temprano su límite en el índice de interés determinado
por el índice de beneficio, siempre ha sido la expresión de las contradicciones
inherentes al sistema capitalista, y la propia economía burguesa siempre la
contempló con el mayor escepticismo.
Pero lo que
nos importa aquí es que la extensión del crédito siempre tuvo un
efecto inflacionista. Si los precios suben es para que la mayor inversión en
capital quede justificada cuando el índice de beneficio está estancado, con la finalidad de ganar en la
esfera de la circulación lo que no puede obtenerse en proporción suficiente en
la producción. Como los
precios nunca suben de igual modo y dado que, de modo particular, el precio de la fuerza de trabajo siempre
va retrasado en relación al aumento general de los precios, resulta una modificación de la relación
salario/beneficio, en ventaja del beneficio capitalista. También se provoca
un desplazamiento general de la
estructura de las rentas, en detrimento de las capas sociales cuyas rentas no
siguen el ritmo de los aumentos de precios. El capital intenta garantizar sus beneficios cargándolos a la sociedad
y principalmente a los trabajadores aunque sin lograr mantener o encontrar
de nuevo su capacidad de acumulación. En cualquier caso, el crédito no ha sido capaz hasta el momento presente de suprimir nunca
el ciclo de las crisis capitalistas; es
la propia crisis la que elimina al crédito como medio para relanzar la
producción.
Dado que la producción inducida por el Estadomediante el crédito no genera, desde el
punto de vista de la sociedad, ni provecho ni interés, sólo encuentra límites
objetivos en la masa de capital presente pero no empleado, que el Estado toma en empréstito al capital
privado. Esta fracción del capital privado, que resurge en forma de deuda pública, financia también los intereses
que gravan los empréstitos del Estado. Si estos límites objetivos del
endeudamiento del Estado son alcanzados,
el mantenimiento de la producción inducida por dicho endeudamiento depende
entonces de la capacidad del Estado para crear moneda; en otras palabras,
depende del financiamiento de esta producción mediante “la máquina de fabricar billetes” o mediante la pura y simple inflación
provocada por la devaluación. Pero el
financiamiento mediante la deuda pública es en si mismo un proceso inflacionista,
aunque más lento, porque el beneficio social no se acrecienta al mismo ritmo
que la producción en su conjunto, y esta
distancia creciente entre el beneficio y la producción conlleva inevitablemente
un alza de precios. De hecho, el financiamiento mediante los empréstitos de
Estado se acompaña de una aceleración de la creación de moneda de manera que,
por un lado, se anima a la inversión
privada con la baja de los índices de interés, mientras por otro lado se
procure disminuir la carga de intereses del Estado.
Nadie ha puesto jamás en duda que los
métodos propuestos por Keynes no fueran inflacionistas; él mismo y sus
seguidores han visto, por el contrario, que en ello residía el secreto de la
estabilidad capitalista. Sin
embargo, se admitía que los procesos inflacionistas conducían a un nuevo
equilibrio económico que ponía término a la fase inflacionista. Pleno empleo
acompañado de la estabilidad de los precios, tal era el objetivo a alcanzar;
los métodos inflacionistas podían ser utilizados o abandonados según las
necesidades de cada momento. Mientras existiera paro, la inflación sería el
único modo de atenuarlo o de eliminarlo. Una vez alcanzado el pleno empleo, se
podría parar la inflación utilizando medios deflacionistas, compensando los
déficits anteriores gracias a los nuevos beneficios. En cualquier caso, se
creía firmemente en la posibilidad de conducir la economía hacia una política
fiscal y monetaria perspicaz, según los deseos del gobierno. Si la supresión del paro y de los problemas
sociales que comporta se acompañaban de una inflación rampante, éste era un
precio en cualquier caso menor a los ojos de los economistas. Más valía el
pleno empleo con una tendencia a la inflación que no resignarse al creciente
paro por miedo a la inflación. Por otra parte, se constató que tanto hoy
como en el pasado, cualquier coyuntura favorable iba acompañada de aspectos
inflacionistas. El pleno empleo se asociaba siempre al alza de precios, como lo
había históricamente establecido el economista inglés Phillips; la baja de los precios siempre iba
acompañada de un índice elevado de paro. Por consiguiente, en la inflación
actual, todavía se veía la aplicación de una especie de ley natural que
asociaba el pleno empleo y la inflación. Así, no sólo la inflación se explicaba
mediante el pleno empleo, sino que era imputada a los trabajadores porque se
les consideraba responsables del aumento de los precios, debido a los mejores
salarios que lograban en período de pleno empleo.
Llegó el
día, sin embargo, que tuvo que admitirse que no sólo el pleno
empleo era inseparable de la inflación sino también que ésta aumentaba incluso
en período de creciente paro. La recesión económica, en lugar de frenar la
inflación, no hacía sino acelerarla. Un hecho que combinaba mal con las teorías económicas más extendidas. El arsenal
anticrisis de Keynes demostró ser ilusorio, y ante la nueva crisis que se
anunciaba, nos encontrábamos tan desarmados como ante las precedentes. Esto no hacía sino confirmar una vez
más lo que se había perdido de vista durante el largo período de alta coyuntura
que habían conocido algunos países occidentales; a saber, que es imposible regularizar el sistema
capitalista y que la única regulación que en cierta medida existe es la del
retorno de las crisis. En el siglo XX como en el anterior,el proceso de acumulación del
capital comporta el paso de un período de expansión a una situación de crisis,
condición necesaria para una nueva acumulación, y esto siempre que quede una
posibilidad objetiva de restablecer la rentabilidad perdida.
Queda claro
que es exacto que la intervención del Estado puede influir en el curso de la
actividad económica y que, cuando se entra en una situación de crisis, es
posible atenuar sus efectos ampliando la producción gracias a este método intervencionista,
aunque sin influir en modo alguno sobre la tendencia hacia la sobreacumulación
que resulta del imperativo de valorización del capital. Si se confirma la crisis de sobreacumulación, se constata que las
tentativas para atenuarla gracias a la orientación económica del Estado no
hacen sino agravarla. En tales circunstancias, la crisis se traduce del
modo más clásico, mediante la caída de
la producción, el desempleo masivo, la destrucción de capital y de la fuerza de
trabajo y la intensificación de la competencia entre capitales.La crisis general del capital, nacida de la relación entre las clases
sociales y que resulta, en definitiva, de la producción del capital, no puede
resolverse por los métodos con pretensiones de nuevas orientaciones de la
economía capitalista, sino solamente
–si esto es posible– por los medios
destructivos, los mismos que ya en el pasado permitieron salir de la crisis y
suscitar una reactivación. Si la burguesía ha creído haber
encontrado el camino de un desarrollo capitalista exento de crisis, la crisis
que se anuncia atestigua una vez más que la economía burguesa es incapaz de
comprender su propio sistema y todavía menos de dirigirlo. Lo
que empieza a pasar es la verificación empírica de la teoría de la acumulación
de Marx, entendida como teoría de la crisis capitalista.
Marx
y Keynes
Introducción
Este libro lo escribí en un periodo que el
presidente de los Estados Unidos saludó como “la mayor expansión de bienestar
económico en la historia”. Otros, en otros países, hablaron de “milagro
económico”, o bien alegaron que “nunca nos había ido tan bien”. Los economistas
profesionales estaban entusiasmados porque su “funesta ciencia” se había
convertido al fin en la esperanza del mundo. Impresionaban tanto a gobiernos como
a hombres de negocios con su erudición teórica y la aplicabilidad práctica de
ésta. Con la infortunada excepción de una minoría desarticulada, desde lo “alto”
hasta lo “bajo” de la escala social había un acuerdo general de que la economía
se encontraba en un momento excelente y que así permanecería. Había cierta
preocupación por algunos residuos de pobreza y algunos problemas de desempleo
que todavía afeaban el hermoso rostro de la prosperidad occidental; y había algo más que simple preocupación por el problema
pendiente del “subdesarrollo” que impedía a la mayor parte del mundo compartir
la prosperidad general. Pero algún día las naciones pobres también “despegarían”
y emularían el éxito de Occidente, y entonces las bendiciones del capitalismo
cubrirían todo el globo.
Aunque yo
fui testigo de este periodo de “prosperidad sin precedentes”, también
experimenté la Gran Depresión entre las dos guerras mundiales. En aquel
tiempo, la confianza en la elasticidad del capitalismo estaba en un punto muy
bajo y abundaban las teorías referentes a su declinación que predecían su
inevitable defunción. El marxismo estaba en ascenso una vez más, aunque sólo
fuera como expresión de una creciente discrepancia entre la ideología
capitalista y la realidad. El clima de desesperanza terminó gracias a las
intervenciones gubernamentales en la economía y a la segunda guerra mundial.
Mientras tanto, John Maynard Keynes había desarrollado su teoría, que sugería
que las políticas monetaria y fiscal eran capaces de asegurar el pleno empleo
en una economía capitalista estancada. Los
gobiernos aplicaron las sugerencias de Keynes para garantizar en alguna medida
la estabilidad social y económica en sus países. Como estos experimentos
resultaron exitosos, se convirtió en un slogan el proclamar que “ahora
todos somos keynesianos”.
Lo
que yo me propongo demostrar es que la solución keynesiana a los problemas
económicos que acosan al mundo capitalista tiene sólo una validez temporal, y
que las condiciones en las que puede resultar efectiva están en proceso de
disolución. Por este motivo, la crítica marxista de la economía política, lejos
de haber perdido su pertinencia, gana nueva importancia a causa de su habilidad
para abarcar y trascender tanto las “viejas' como las “nuevas” teorías económicas.
Mi intención es someter la práctica y la
teoría keynesiana a una crítica marxista; además, trataré de aclarar las tendencias y los acontecimientos políticos y
económicos con la ayuda del análisis marxista.
Este libro no se
presenta como una narración consecutiva; varias
de sus partes fueron escritas en diferentes ocasiones y distintas épocas. Todas
sus partes son necesarias y todas ellas
se refieren al tema único de la economía mixta y a las diferencias entre Keynes
y Marx. Hay algunas inevitables faltas de ritmo e incluso repeticiones que,
espero, facilitarán en vez de dificultar la lectura de la obra.
Nota: Extraído del libro "Marx y Keynes, los límites de la economía mixta". Autor, Paul
Mattick. Lo
destacado en negrita y rojo corre
por cuenta de NPH.
* Conferencia publicada con el título de La crisis mundial y el movimiento obrero
en la Revista
Etcétera, nº 2, Junio de 1984, Barcelona. http://www.sindominio.net/etcetera/REVISTAS/ETC-2.pdf. El título original completo es: Weltwirtschaftskrise
und Arbeiterbewegung. Ein Vortrag mit Diskussion, Soakverlaf (La crisis económica mundial y el movimiento
obrero. Una conferencia con debate), Hanóver, 1975.
** Véase el
apéndice segundo: Marximo y Economía de la Utilidad Marginal,
1938.
“Mi
hija no tenía armas. Si ella hubiera tenido una, era el tipo el que
estaba
muerto”.
Roxana
Guerra, madre de la compañera fusilada en la Villa 31 por las
balas del Capital, 21/8/09.
No sólo nos solidarizamos con el dolor de Roxana,
no sólo repudiamos el crimen, sino que justificamos las palabras de la
madre. A
diferencia del multimedio oligopólico que empezó su cuenta regresiva, y
en cuyo
periódico pone las palabras de la Sra. Guerra como la FRASE DEL DIA,
para
estigmatizarla y para justificar la teoría de los dos demonios, nosotras
y
nosotros apoyamos sus dichos. La PsicoPolítica de Clarín apunta a crear,
algo
así como, el siguiente sentido discursivo: - Está bien, a la piba la
mató un
prefecto, pero ella, con un arma hubiera hecho lo mismo, era una
criminal en
potencia y, como tal, mereció su Minority
Report -. No hay caso, como dice la consigna: “Clarín,
basura, vos sos la dictadura”.
Clarín
se irrita, porque producto de la lucha de la Multitud, desde el gobierno
se ha
puesto en circulación un debate soterrado, reprimido, indispensable, que
es la
relación entre Política y Violencia, Violencia y Política. La democracia
como
violencia política del Capital, y la política democrática como violencia
de la Multitud.
Todo derecho,
toda ley, todo orden, se basa en la violencia. Sea el ancien
régime capitalista o el ordine
nuovo comunista. La violencia funda la cultura. Claro, cuando la
guerra social
es la de los patrones la mass media
la naturaliza, y cuando los corderos sacrificales se hartan de ir
sumisos al
matadero, los excomulgan del parnaso Capital-Democrático.
¡Basta!, ha
llegado la hora de cuestionar, hasta la raíz, el orden democrático
empresario. La
violencia naturalizada de su economía política expoliadora y el Capital-Parlamentarismo como el
genocidio con urnas. A estos fines, compañeras y compañeros, estará
dedicada la
nueva sección: “Violencia Política”.
“Es así que
por tres décadas, entre bayonetas y papeletas, el hedor de los restos
humanos
no se llega a disipar. Porque sobre los huesos del pueblo de los ’70 y
los ’80,
los restos de la clase obrera de los ’90, y los cuerpos de la multitud a
medio
pudrirse desde el 2003, nuevas legiones de difuntos esperan su turno
para
impregnar la atmósfera con el olor a la carne descompuesta de los
descartados.
Fiel contracara de la pestilencia del dinero, haciendo del capitalismo
un
dispositivo social y racional, recurrentemente homicida”.
Llegado el
momento, ya sabrá la multitud acortar distancias contra los patrones y
sus
gerentes y rectificarse por haberse quedado a mitad de camino con el “¡Qué Se Vayan Todos!” Permitiendo que,
de ese modo, prosiga contra ella la guerra social.
Tendremos que
acostumbrarnos a ser los nuevos anormales, los bárbaros inclasificables,
la
multitud plebeya del posfordismo, las y los autónomos anticapitalistas.
Pergeñar nuestra(s) estrategia(s), no olvidar jamás que estamos en
guerra, que
otro mundo es (im)posible en el capitalismo. Aprendamos de nuestra
herencia,
aquellos que, en parte, somos ahora. Y que lucharon ayer por los muertos
que
los precedieron, por las afrentas que sufrían, y por un futuro
emancipado para
nosotros. Nuestros hermanos de clase que, con sus victorias y derrotas,
nos
inspiran y reclaman estar atentos, pelear por no perder la
administración
autónoma de los planes sociales y evitar el avance del posfascismo;
okupar
tierras y empresas, resistir y producir. No renunciar jamás a los
objetivos
estratégicos, los únicos que pueden terminar con la actual guerra
social: el
autogobierno de los anónimos y la autogestión antimercantil
generalizada; el
fin de los privilegios y la república asamblearia de los comunes; la
abolición
del trabajo por dinero y con él la destrucción de todos los patrones; la
fraternidad universal de los trabajadores contra el imperio mundial de
la
ganancia; el poder constituyente de la multitud y la abolición del
mercado. Y
digamos adiós a los olvidos, las ilusiones y las mentiras, que nos hacen
creer
que no estamos en guerra.
Colectivo
Nuevo Proyecto Histórico
Crisis
inTHE MATRIX
El cyber-Capital frente al poder del general intellec
“La acumulación delsaber y de la destreza, de las fuerzas
productivas generales del cerebro social, es absorbida así, con respecto al
trabajo, por el capital y se presenta por ende como propiedad del capital, y
más precisamente del capital fixe
(..)La
maquinaria, pues, se presenta como la forma más adecuada del capital fixe y el capital fixe –en
cuanto se considera al capital en su relación consigo mismo-como la forma
más adecuada del capital en general. Por otro parte, en la medida en que el
capital fixe está inmovilizado en su existencia como valor de uso determinado,
no corresponde al concepto del capital. (..) no es en el obrero sino en el
capital donde está representado el trabajo generalmente social. (..) el trabajo
vivo aparece subsumido bajo el objetivado, que opera de manera autónoma. (..)
el proceso entero de producción (..) como aplicación tecnológica de la
ciencia”.
Karl Marx.
“Hay algo de ficción en lo verdadero,
y hay algo de verdad en la ficción. Para conocer la verdad hay que arriesgarlo
todo”.
Animatrix.
“En Norteamérica, el salario se ha
estancado pese a un fuerte aumento de la productividad, mientras que el déficit
comercial ha llegado a nuevos récords. En el sector fabril se han perdido 1.8
millones de empleos. Antes de 1980, el empleo industrial aumentaba durante cada
expansión y siempre superaba el máximo anterior. Entre 1980 y 2000, el empleo
industrial siguió creciendo durante las expansiones, pero ya no recuperaba el
pico previo. Esta vez, de hecho disminuyó durante la expansión, algo sin precedentes”.
Thomas Palley, 2/08.
“La política implementada ha alentado
la reindustrialización del país, el trabajo digno, la inclusión social y la
distribución equitativa de la riqueza”.
Unión Industrial Argentina (UIA), Comunicado
de prensa, 19/2/08.
“Pasará, ya pasará, este espejismo
pasará”.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
SYSTEM FAILURE_
Para la
tendencia postfordista del Capital, como el conocimiento del general intellect es sobreabundante,
vale poco. Y como todo tiempo de vida a devenido tiempo de trabajo, el Capital
se apropia gratis de todo lazo social que excede lo estrictamente laboral. La
vida misma es una jornada de trabajo, la fábrica es la sociedad y las
relaciones sociales THE MATRIX_
El know-how como ciencia aplicada del
intelecto general (máquinas, robots, internet), como capital fixe (fijo), ya está sobrevalorado como conocimiento
histórico objetivado. Y agregarle más valor a la tecnología, plus-valorarlo
-bajo su forma de Capital fixe-,
resulta cada vez más costoso, porque el saber como valor inmaterial, cooperante
y gratuito, ataca la capitalización del plustrabajo cognitivo. La cooperación
del conocimiento, del inmaterialado como trabajo relacional extra empresario,
resulta inmedible bajo las leyes del trabajo abstracto y el valor del tiempo de
trabajo. Reglas de la reproducción del plusvalor que distinguía, en la jornada
laboral fordista, entre el tiempo necesario para mantener con vida a la fuerza
de trabajo y el derroche del tiempo excedente de trabajo para el lucro del
Capital_
La
autovalorización del Capital fijo, atenta contra la antagonía entre el salario
y el plusvalor. Ante esta tendency de
lo más avanzado del Capital postfordista universal (¡Cuidado, no únicamente de
EE.UU. sino en todo el planeta!) the
Global Empire of THE MATRIX contraataca, difuminando socialmente la ley
secular de la explotación humana del Capital sobre todo tiempo y espacio de
vida. Pero, a su vez, esto provoca la reducción de la tasa media de ganancia
del Capital, que se desvaloriza, cuanto más productiva se vuelve la tecnología,
es decir, cuanto menos trabajo precisa para ponerse en movimiento pero más para
plus-capitalizarse, al mismo tiempo que desplegó y exasperó, onerosa y
gratuitamente, toda la riqueza inmaterial del cerebro colectivo de la
humanidad_
El
capital fixe domina al hombre en
tanto Capital, pero trabaja contra sí mismo en tanto que se autonomiza como
tecnología. En cambio, el capital fijo, en tanto tecnología como valor para el
uso anticapitalista de la multitud, libera al individuo del trabajo, desmantela
la cosificación que domina al hombre, lo hace dueño colectivo de las cosas y
servicios que crea y director de las nuevas relaciones sociales comunistas, lo
emancipa universalmente del mercado y, desde luego, destruye a LA MATRIX como
sociedad artificial del Capital creada por la raza humana.
“Mientras
exista la
Matrix la raza humana jamás será libre (..) Negar nuestros
impulsos,
es negar lo mismísimo que nos convierte en humanos”.
The
Matrix.
“Una idea
es como un pájaro raro que no se puede ver. Lo que uno
ve
es el temblor de la rama que acaba de abandonar”.
Lawrence
Durrell.
“La
imprenta vale tanto como las armas”.
Simón
Bolívar.
“Inclusive
si no puedes ver algo, no significa que no esté allí. ¡Hasta la
Victoria!”.
Pequeños
Guerreros.
CONNECTION
Después de la
aparición en el 2001, del primer territorio en la web del Colectivo Nuevo
Proyecto Histórico, y el lanzamiento de NPH Recargado en 2005, tenemos el placer
de convidarlos con NPH Revolutions.
Un espacio de
aprendizaje mutuo. De lucha e imaginarios por el cambio social radical. Una
interface con las urgencias del movimiento anticapitalista y su imprescindible
reflexión.
Gracias a
todas las compañeras y compañeros que, con sus aportes, hacen del site de
NPH un colector de lo más avanzado de la praxis revolucionaria.
La web es un
campo en disputa. Un ágora universal donde millones en todo el planeta han
decidido enfrentar, aún en inferioridad de condiciones materiales, al poder
[des]informativo del Capital.
Gracias por
los e-mail’s que nos mandan. Haciendo que cada resistencia tenga su propia voz, y
que no sea mediatizada por el Partido Único del Capital, la mass media y los
intelectuales del mandarinato académico.
No es que el
imperio del Capital no esté en ningún lado, sino que está en todas partes, de
igual modo que la desobediencia de la multitud. No se requiere que todas y todos
vayamos a combatir a Chiapas, sino de hacer un nuevo Chiapas en cada lugar de
lucha. Y en la posmodernidad, cada espacio de vida es un terreno en disputa.
Gracias a las
y los que nos enlazan en sus territorios, y a los y las que nos envían sus
pensamientos críticos.
Si el
lenguaje del general intellect, si el simbolismo más común del animal
humano se transforma en cifra mercantil, sobreviene Cyber-Capital. Exilar la
palabra del cerebro universal, de la reproducción del signo como mercancía,
resulta, en sí mismo, singularidad anticapitalista en movimiento.
Gracias a los
movimientos, colectivos, organizaciones y personas insurgentes, que antagonizan
al Capital que nos lleva al desastre EcoSocial en todo el planeta. Aquellos y
aquellas que, aún en las peores circunstancias, se conectan y comunican creando
redes fraternales de apoyo mutuo,
La otra
izquierda, la izquierda autónoma, la izquierda por venir, tiene que salir del
closet. Tiene que plantear[se] sin pudor la revolución. No hay proyecto
poscivilizatorio contra el Capital sin cosmovisión
anticapitalista.
Gracias a la
generosidad de las y los que nos han invitado a realizar encuentros y
seminarios, rondas y asambleas, foros y talleres, donde participar para
profundizar la estrategia emancipante de la especie humana_
Características de NPH
3.0
*
Mapa del sitio para una lectura global de la página
*Nuevas
secciones: Primera Plana, Pedagogía Militante, Denunciá a tú Patrón, Violencia Política, Elecciones 2008/9/10 y Frente Popular Darío Santillán (FPDS)
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*Comentarios
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y Galería de imágenes
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que actualizan todo el material incorporado en cada sección de la
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Colectivo Nuevo Proyecto
Histórico
ReSalTaMos
(NPH)
Votaciones al inicio de una nueva
década. Crece el rechazo a todos los partidos. Entre un tercio y la mitad de los electores
repudia la política
estatal. A diferencia de la modernidad, para salvar
la democracia,
los sufragantes no votan mayoritariamente candidatos carismáticos fascistas. La crisis de representantes
es mucho más que eso, es la
crisis del sistema representativo, postmoderno, Capital-Parlamentario,
en su conjunto. La fuga de
las urnas responde al sabio instinto antagonista de la multitud, que sabe, que
nada cambiará a su favor, gane quien gane.
Audio de Negri en Córdoba (11/11/2012)
El Comité invisible es una tendencia de la subversión presente. Recientemente,
varias personas fueron detenidas en Francia por el mero hecho de tener un
ejemplar de este libro en su casa. Y lo más inaudito es que se les aplicó la ley antiterrorista.
Eduardo Feinmann: Un Policía con micrófono no es un periodista
“(..) La adquisición de
la mayoría de acciones de Papel Prensa por parte de Clarín, La Nación y La Razón (cuyas acciones fueron
luego compradas por Clarín) junto con el Gobierno nacional fue algo en mi
opinión muy deshonesto -entonces y ahora-. (..) Durante más años de los que
recuerdo, la sociedad de ambos diarios en asociación con el Estado fue
ferozmente criticada por la mayoría de los miembros de la Sociedad Interamericana
de Prensa como totalmente sin escrúpulos y como una competencia injusta para
los otros diarios argentinos. Recuerdo haber destacado durante una reunión de la SIP que en el caso de La Nación era como si el
Vaticano decidiera abrir una clínica para abortos. (..) En el momento en que el
gobierno militar dio su aprobación para la compra de Papel Prensa pensé que era
un soborno para que los tres diarios garantizaran su cooperación en el
encubrimiento del plan de los militares de exterminar a todo aquel considerado
“subversivo” haciéndolo “desaparecer”. En otras palabras, todo aquel contrario
a los militares corría el riesgo de ser secuestrado, torturado de forma
rutinaria y asesinado luego. Los cuerpos debían ser hechos desaparecer por
distintos medios. El objetivo era no dejar huellas de los restos humanos. (..) cuando me
enteré de las barbaridades infligidas a Lidia Papaleo a través de una
declaración que ella hizo durante una reunión del directorio de Papel Prensa,
que no fue debidamente informada por La Nación y, por lo que sé, tampoco reproducida por
Clarín . Ella difundió luego una carta detallada contando todo lo que tuvo que
vivir. (..) “.